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30/9/25

Tengo un nombre racista (Novela de una chica ilusa, cap. 21)

“El señor (…) te busca en recepción”, me dice Alex. 
No, pero, pero… No tengo nada pautado para hoy. Qué querrá. Sin cita. Así porque sí. No, es que…  Por qué hacen eso. No, pues… Ya. ¿Y entonces? Pero es que no tengo...

“Dice que es a entregarte una nota de prensa”, sigue Alex tras largos segundos de titubeos. 

Ah, bueno. Si es eso, está bien. 

Salgo, digo su nombre y se acerca.
Extiendo la mano, él la toma y lo primero que dice es: 
—Ah, pero yo pensé que usted era blanca.  
Abro los ojos y empiezo:
—Cómo así…
Otro señor que lo acompaña como que le dio vergüenza y le reclama que cómo dice eso, que qué tiene que ver.   
—Hay nombres que son de gente blanca —responde el señor como si nada. 

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P.D.  Así que hay nombres racistas, ¿eh? Vaya. Qué se le va a hacer.

29/1/25

En la botica de la Cruz Roja (Novela de una chica ilusa, cap. 20)


Hace unos minutos, en la botica de la Cruz Roja Dominicana (ensanche Miraflores), llego y una chica con cara de resignada parece que tiene un rato preguntando por esto, por aquello, y al parecer todas las respuestas son negativas.

 —¿Ni diclofenac?

 —No —responde la señora que le atiende.

 —¿Ni aceite de hígado de bacalao?

 —No —responde la señora que le atiende.

 —¿Y cuándo vienen los medicamentos?

 —El 15 —responde la señora que le atiende.

La señora que atiende está detrás del mostrador, no detrás de la ventanilla, así que me aparto un poco y le digo discretamente a la chica que insista, que pregunte por otros medicamentos, porque la señora que atiende me dijo a mí a principio de mes que los medicamentos llegaban el 15.

Aunque, pensándolo bien, nunca dijo si se refería a este mes o al siguiente; o al 15 de abril, o al 15 de mayo, o al 15 de diciembre. A lo mejor llegan cada 15 de mes para cada usuario que se acerca a preguntar.

La chica sigue preguntando. Nada.

—Pues deme eso nada más —dice al final la chica, y saca un billete de 50 pesos.

Seguro era algo que sí tenían y que pidió antes de que yo llegara. La señora que atiende ve el billete y le dice:

—Pero yo no tengo monedas, no; no tengo nada de menudo.

La compra no se pudo hacer por falta de menudo para 50 pesos, porque eso sí, bien barato que venden en las boticas populares. La chica le responde, en buen dominicano (agregar tono dominicano):

 —Ah, pero ustedes no tienen de nada.

 —Alcohol —responde la señora que atiende, —¿quieres alcohol?

 No, eso que sí había, la chica no quería. La chica se fue y es mi turno.

 —¿En qué le ayudo, señorita?

 Tampoco tienen lo que les pedía.

Le sonrío amablemente a la señora que atiende, buscando alguna sonrisa de complicidad, como esperando a que ella me diga, levantando los hombros y poniendo cara de dominicano que sabe lo que estás pensando y está de acuerdo en eso que estás pensando: “Qué le vamos a hacer, señorita, no hay de nada, son así las cosas, qué pena que cada vez que vengan no encuentren nada, lo lamento, otra vez será”.

Pero no dijo nada. No sonrió. Su cara ni se inmutó. Tampoco de “eso” tenían…


16/11/22

Mayo (Novela de una chica ilusa, cap. 19)

Ahorita, cuando caminaba al trabajo (igual que el capítulo anterior), una señora de aspecto humilde me intercepta (yo iba, ella venía).  Parece querer preguntarme algo. ¿O pedirme algo?
Ay, que no me pida dinero, fue lo primero que pensé, porque no tengo menudo.
Iba con una sombrilla bajo el brazo y no tenía cara de loca. Tengo una suerte increíble para encontrármelos en la calle. A algunos los aprecio mucho.

Me acerco y me pregunta, sonriendo:

Ven acá, para mayo, ¿falta mucho?

 No me esperaba eso. ¿El qué?, pregunto.

Para mayo, que si falta mucho...

 Sí, le respondo. Y cuento con los dedos de las manos frente a ella: diciembre, enero, febrero, marzo, abril, mayo…  Como seis meses. Claro que falta mucho, le digo.

Y me aparté. Ahora no puedo dejar de preguntarme qué planes tendría para mayo, por qué ese y no otro mes, por qué sonreía, la condená… 


17/10/19

¿Vivir para siempre? (Novela de una chica ilusa, cap. 18)


A Tony Arias Gil

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Esta mañana, en el semáforo en rojo de la Gómez con Mayor Valverde y camino al trabajo, dos señoras muy sonrientes bajan el vidrio de su auto y me dicen algo, aprovechando que voy a cruzar la callecita.
Me acerco con miedo (ya saben cómo anda la cosa). No las oigo bien. Me acercó más. Les digo que no las escucho bien. Es el ruido matutino.
Me dan un chin de pena. Seguro están perdidas. O vienen del campo y buscan una dirección.
Hay que ser amables con las personas que buscan algo, un día te puede tocar a ti.
La chica que está en el asiento del pasajero baja más el vidrio y sonriendo me dice, casi vociao:
― ¡Que si quieres la vida eterna!
― ¿La vida eterna? –respondo yo, desilusionada porque no buscan una dirección–. ¡Noooo! ¡Eso debe ser terrible!
Crucé la calle de prisa, por si acaso se ofendía, y solo alcancé a escuchar que empezaba a decir: “¿Terrible…?”

P. D. Creo que no lo decía literal. Seguro se refería a algo relacionado con la religión. En fin. Vivir para siempre, en un eterno estado de plenitud y dicha (¿y si no, y si es al revés?)… No, no me llama la atención. A menos que esté acompañada de… a ver, ¿Facundo Arana?

29/12/17

Dos pesos de nada (Novela de una chica ilusa, cap. 17)

La cajera de La Sirena me dice:
―Mira, mami, te voy a deber dos pesos.
 ¿Qué son dos pesos, ah, qué son dos pesos? Claro, cómo no. Qué se le va a hacer. Pero no podía quedarme callada. Eso no. Eso nunca.
―Ya ―le respondo―, ¿y cómo te harás cuando al cuadrar la caja tus superiores vean que te sobraron dos pesos?
―No sobran ―dice ella―. Hago rejuego con los demás clientes, sobre todo si les redondeo algunos centavos al devolverles.
Qué inteligente, pensó la bruta de Yalo. Y hasta simpática, ella. Hubiese preferido que me dé mentas, pero creo que no tenía. Me cayó bien. Por sincera. Me cayó bien hasta que el angelito del lado izquierdo de la cabeza quiso hacer una prueba pero no se atrevió. Cobarde, Yalo.
Pensé entrar de nuevo, comprar otra cosa y, una vez en la caja decirle, con desgarradora voz:
 ―Anda, cielo. Mira, te voy a deber dos pesos.
 Y aquí estoy, sufriendo, imaginando su respuesta…

30/6/15

“Mami, súbete el zíper” (Novela de una chica ilusa, cap. 16)

Hombres. Muchos lo hacen porque saben que una correrá a subirlo, oh vergüenza, y eso les provoca placer. Otros lo usan como ardid para que una los mire, para llamar la atención. Porque se saben ignorados y despreciables y solo de esta forma una mujer posaría en ellos los ojos cuando te dicen, al pasar: “Mami, súbete el zíper”.
Con voz libidinosa, obscena, empalagosa...
Exactamente como me lo voceó un guachi hace rato, en La 27, en plena calle, a unos diez metros de Caribe Tours, con su fusil descansando en el hombro derecho.
Yo lo miré momentáneamente porque ese es el trabajo del infame reflejo. Y vi en sus ojos de lagarto la malicia que acompañó a la frase, su morbosa insinuación. 
Le corté los ojos a sabiendas de que quería burlarse de mí, una mirada breve de vete a la mierda, imbécil; dedícate a vigilar, vago sin oficio; idiota, depravado hijo de...
En medio del insulto mental decidí que no le iba a dar el gusto de que me viera bajar los ojos y subir la mano, rata de alcantarilla, engendro de mente retorcida, degenerado, ¡estúpido! $%&#@&©!
Apresuré el paso y seguí como si nada. Ya en los escalones de la parada llena de gente (día de pago) le hice honor a la naturaleza humana: coloqué discretamente la pañoleta entre la barriga y la pelvis y miré hacia abajo solo para confirmar que, efectivamente, el zíper estaba abierto. De par en par.

15/8/14

Un golpe al ego (Novela de una chica ilusa, cap. 15)

Fotos en el PDF.
Tomar buenas fotos en cuevas y cenotes no es tan fácil como pudiera parecer. Tampoco tomar fotos a paisajes en los que priman diferentes tonos del mismo color (de verde, por ejemplo).
Las fotos pueden salir manchadas, los detalles se pueden perder. En fin…
Yalo estaba tan orgullosa de las fotos que tomó en el Parque Natural –Cueva– Los Tres Ojos que ese día deseó por unos minutos que amaneciera rápido para ver sus páginas en el periódico.
Con la taza de café caliente en mano toma la sección y oh, mundo cruel. 
El sentimiento es un poco parecido a cuando te atracan o te roban la cartera (los entendidos entenderán).
Qué decepción. Qué pena. Qué pasó. Qué hicieron. #Nopueser. 
Las aguas del cenote están negras, los detalles de las cuevas no se distinguen, el agua de los manantiales ni se ve, los verdes están oscuros, manchados; el rojo del flamboyán (¡el flamboyán!) se ve sucio, horrible. Qué tristeza. Va y, casi llorando, exige una explicación. Nadie sabe lo que pasó. En realidad no parece que haya pasado nada. De hecho, no pasó nada. No hay nada que explicar. Anda. Qué se le va a hacer. Cosas que pasan. Decisiones divinas. Un golpe al ego, nada más.

Las fotos publicadas.
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Posdata de Dios.
¿Decisiones divinas? Las cosas, Yalo, no tienen por qué pasar como tú quieres que pasen.
El mundo, chiquilla ilusa, no gira alrededor de tu insulsa existencia.
Hay cosas más importantes en la vida que andar embobada mirando los campos, subiendo y bajando verdes laderas, tomándoles fotos a las mariposas y a las florecillas silvestres.
La vida, insípida Yalo, es eso que pasa mientras tú te entretienes mirando NCIS, Alienígenas Ancestrales o Criminal Minds; suspirando por personajes de novelas, resucitando a Kalimán. Y en el supuesto de que sí, de que haya sido una decisión divina, ¿qué? A ver, ¿qué? (En este punto Yalo no pudo evitar imaginarse la cara de Tony DiNozzo deciéndole a Ziva: ¿Qué?)

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Posdata de Yalo.
La postura de Dios, tan de su nivel, tan como tiene que ser, me recordó una historia que me contó doña Carmenchu Brusiloff  de algo que le pasó siendo redactora y editora en LD en el año... (no recuerdo, principios de los 90, creo).
Fotos originales.
Me dijo que una vez dejó las páginas listas, firmadas y todo, y que al día siguiente se topó con que le habían sacado una historia.
Imagínense todo lo que pasó por la mente de doña Carmenchu, cómo se preocupó, la pobre.
Entonces va donde el jefe, don Rafael Herrera (1912-1994), le explica lo sucedido y le pregunta si sabe algo...
Él le dice que  sí, que fue él quien ordenó que la sacaran.
Ella le pregunta, pidiendo, humildemente, una explicación (leer alargando la frase):
– ¿Y por quééé, pasó algo?
Y él respondió:
– No, no pasó nada. Aquí la tienes, ponla para mañana. Fue sólo para que te acuerdes que yo soy el director.

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16/6/14

La encuesta de Falcondo (Novela de una chica ilusa, cap. 14)

 
La Vega.-  Ayer, justo mientras hablábamos del lío entre los herederos de la familia Rosario-Díaz y la Barrick, un carro se para frente a la galería. Baja una persona, se acerca y pide que le respondan una encuesta que está realizando Falcondo en La Vega sobre la explotación minera en loma Miranda.

Acepto responder si no es necesario dar el nombre. No es necesario dar el nombre. Pero me piden la dirección y el número de la casa. Le digo que si se los doy ellos pueden averiguar quién respondió la encuesta, ¡jaaaaa! Neurótica, Yalo.
Lo piden, dice la persona que me encuesta, porque luego pasará un supervisor a confirmar que, efectivamente, la encuesta fue realizada. Me quejo por la falta de confianza que les tienen a ellos, a los encuestadores. La persona me dice que hacen bien, porque ellos podrían sentarse bajo una mata de mango y llenar la encuesta.
Tiene razón, ¡grrrr!
Las preguntas eran cerradas con algunas respuestas largas. Y tenía que elegir una opción aunque no estuviera de acuerdo con ninguna de las opciones.
Las primeras preguntas me pusieron de mal humor: ¿cuántos años tengo, de cuántos son mis ingresos mensuales, cuál es mi profesión, mi grado académico y qué religión practico? Le digo a la persona que, para los fines, esas preguntas son irrelevantes si lo que Falcondo quiere saber es si estoy o no a favor de la explotación de la loma. ¿Vale más la opinión de un universitario que la de un campesino? ¿O al revés? ¿Qué m… importan mis creencias religiosas en este caso?
Respondo algunas, me niego a responder otras. La persona que me encuesta, muy gentil, dice que tengo que responder. Le digo que puede poner al margen de la pregunta que la persona encuestada dice que esa información no les importa. Pero me da cierta pena y continúo.
Me fijo en que para seleccionar mis respuestas, la persona que me encuesta borra otras ya seleccionadas en mi plantilla. Le pregunto si está usando una plantilla usada y me dice que la persona anterior desistió de seguir respondiendo y las hojas están contadas.
“Pero, pero –digo- así como pueden pensar que te sentaste bajo una mata a llenar la encuesta pueden pensar, por los borrones, o que yo soy muy indecisa y cambio de parecer, o que tú te estás equivocando al colocar la respuesta, o que manipulaste lo que dije”. Seguimos.
Son muchas preguntas, algunas un poco largas. Noto que la persona que me encuesta terminará con dolor de garganta. Le digo que, si gusta, puedo tomar las hojas y responder directamente, pero me responde que no se lo permiten.
Yalo by Hutchinson
Yo creo que le temen a las notitas que los encuestados puedan dejar al margen.
En una, ella pregunta algo sobre cómo afectará a tal río tal explotación minera en loma Miranda. Le miro y le digo que esa pregunta es un gancho porque ese río no está en loma Miranda y Falcondo no hace el tipo de explotación minera que me insinúa, que si no hay una opción entre las respuestas para decir eso. Que no, que tengo que elegir entre las respuestas. La pregunta siguiente -¡bravo, Yalo- comienza insinuando eso mismo que yo le dije.
Un gancho, je.
Y así continuamos, respondiendo muchas preguntas trabajadas, muchas preguntas que quieren llevar al encuestado a sentir que no conoce tanto del tema como para oponerse a la explotación de loma Miranda. Se lo hago saber, pero me responde que acaba de llegar de un lugar –un paraje lejísimo, omito el nombre a propósito- donde casi todos los habitantes estaban de acuerdo con la explotación, pero ¡ay!, luego se le zafó decirme que Falcondo los había visitado previamente, les había hablado del proyecto, de los beneficios que traería, de los empleos que crearía. Así no se vale.

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P.D.:
1. Hay algo que Falcondo no entiende. Poco importa el motivo por el que gran parte de la población se opone a la explotación de loma Miranda. Poco importa que la loma no reúna las condiciones para ser declarada área protegida. En un país donde la población decide sobre sus recursos y es respetada por sus autoridades, si la población no quiere que se explote, no se explota. Así de sencillo.
2. Hay algo que la población (no están incluidos los políticos) no entiende. Más allá de la razón, de las buenas intenciones y de las manifestaciones sociales, “aves del mismo plumaje vuelan juntas”. Pero esta es una opinión muy pesimista de la Yalo.
3. Al despedirse, mientras cerraba la verja le voceo a la persona que me encuestó: “Lo hiciste muy bien. No te dejes molestar ni manipular por gente desagradable como yo”.

18/3/12

¿Racista? ¡No, ombe! (Novela de una chica ilusa, cap. 13)

Juro que le caigo bien. De eso no hay duda. Ella me quiere, que conste. Doña Q se sincera conmigo y con los ojos vidriosos y las manos que se juntan y se abren formando capullos suelta algo parecido a:
“Mira, Yani, si tú la ves (aquí acerca el capullo a mi cara), esa prieta del diablo. Yo no sé lo que le vio mi hijo. Para mí que le hizo brujería. Esa fea, negra de la mierda. Es dañarme la familia que quiere, dañarme la raza. Yo que, si tú ves, Yani, mira lo bien que casé a… (su hija mayor), mira qué lindo salió… (su nieto, lindo, en verdad), para que venga esta maldita negra a dañarlo todo. Y él dizque que está enamorado, oye eso, de esa prieta, yo quisiera que tú la vieras, ah, y dizque está embarazada, yo espero que no, que sea embuste, porque tú te imaginas, esa maldita negra en la casa, porque es para allá que va a coger, para mi casa. Yo juro que fue brujería que le hizo, para agarrar a un hombre blanco, porque quién le va a hacer caso a esa prieta".

Y así toda la tarde. Si doña Q no lloró fue porque yo no dije nada. Generalmente soy muy enchinchadora, pero también empática, y como ella se sentía tan mal, a punto de quebrarse, opté por escucharla y abrir los ojos cada tres o cuatro segundos a modo de complicidad. Refresco la memoria y pienso que es verdad, que la familia de doña Q es una familia de gente rubia, que los nietos son blancos, sus yernos y demás nueras también. Y me imaginé que estaba sufriendo horrores porque en pueblos como en el que ella vive se le da mucha importancia a la estirpe. Para que venga una… y lo arruine todo.
A la semana siguiente (volvió a la ciudad a repetirse unos exámenes médicos) estaba de mejor humor. Incluso debió pensar que se había excedido un poco con la compañera (novia, querida, mujer) de su hijo, o tal vez olvidó completamente lo que me había contado una semana antes porque cuando comenzó a hablar, al referirse a la chica aquella dijo, mirando su brazo desnudo y acercándolo al mío.
“Ah, ella es una muchacha de... (un sitio que no recuerdo) así, como de tu color”.

26/10/11

Perdón (Novela de una chica ilusa, cap. 12)

La Yalo jura que no lo vio ni lo escuchó. Estaban en lo alto de una loma en la comunidad de Los Taínos, en Guayabal, Azua, a unos 15 kilómetros de Padre Las Casas, esperando una demostración de los bomberos forestales de la zona. En lo que armaban la zanja y la cuestión de la yerba, ella aprovechó para entrevistar a uno de los voluntarios. Entonces vio de reojo que un señor muy mayor, que estaba próximo al grupo, se aleja. Una de las niñas de las que observaban todo sentadas en piedras grandes (qué lindo, el paisaje) le hace señas (a Yalo) para que lo mire. Ella lo ve medio guapo y como no sabe de qué va el asunto le alcanza a decir:
– Disculpe, ¿usted me quería decir algo?
Es común, cuando los fuc… periodistas llegan a un lugar, que los lugareños aprovechen para acercarse y enviar con ellos sus quejas y reproches al gobierno de turno. A veces una no sabe cómo decirles que lamentablemente escribir sobre determinados asuntos en los periódicos depende de muchas cosas, de mucha gente, de ciertas circunstancias, y por eso a la Yalo le da apuros cuando se le acercan suplicándole que le diga al Presidente que por favor no abandone el campo, que mire cómo están, pasando las de Caín; que no le quiten las tierritas, que les dejen sembrar en la loma, que se los está llevando quien los trajo.
Y hay que escucharlos, así una sepa que no puede hacer mucho. A lo mejor eso quería el señor que se alejaba, mandarle a decir dos o tres vainas a Leonel. Y por eso la Yalo se apresuró a preguntarle si le quería decir algo.
Y como todo quedó grabado, ella reproduce textualmente lo que respondió el señor Luis Morillo, todo un personaje en Los Taínos, al volverse:
– No, simplemente cumplía con los principios disciplinarios de saludarle.

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PD. Al parecer, por lo serio que dijo esta frase tan perfecta, tan dibujada, tan de esos tiempos en que la cortesía delataba la educación recibida, él pensó que la Yalo no le había hecho caso e ignoraba su saludo. Y como todo buen campesino orgulloso de la crianza que recibió, se alejaba en busca de mejores cosas que hacer.
¿Y qué hizo la Yalo? Nada, lo que se hace en estos casos: pedirle perdón.

8/6/11

Cada vez más ligero (Novela de una chica ilusa, cap. 11)

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Los sueños vienen y van atrapados en una valija...
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Hace varios años (2001, creo), cuando recién me estrenaba en el fabuloso mundo del periodismo, hice una de las reseñas que más ha llenado mi ya por entonces retorcida existencia.
La titulé “Proyecto Maletas: sueños que vienen y van atrapados en una valija” (periódico Hoy).
Se trataba de una exposición-proyecto que presentaba en el país un grupo de artistas argentinos cuyos miembros pintaban o armaban una instalación dentro de una maleta.
El trabajo de cada artista, lo que sea que se le ocurriera, debía caber en ella. No podían tomarse un centímetro extra. Esa era la regla. Sus percepciones del mundo, sus temores, alegrías e impresiones, todo se reducía a una pequeña valija, a un equipaje de mano. Y así iban por muchos países mostrando su arte.
¿Por qué me marcó tanto este proyecto? Porque los viajes y las maletas son, por así decirlo, reflejo de nuestros álter egos.
A veces, sólo cuando viajamos (así no pasemos del interior del país) y descubrimos mundos distintos a los que nos rodean (como la modestia extrema, no pobreza, de nuestros campesinos); sólo cuando nos toca poner lo imprescindible en una mochila o en una maleta es que nos damos cuenta de que nos sobran zapatos, accesorios, trapos caros y muchísimos objetos que no caben y nunca cabrán en ellas.
Poco a poco entendemos también que nos sobran teorías, doctrinas, creencias y puntos de vista que nunca, por más que queramos, formarán parte de nuestro viaje y deberán quedarse… porque no hay espacio para ellos en la maleta y, por tanto, tampoco son imprescindibles para la vida.
Quizá por aquello que dicen que dijo Unamuno, eso de que “los nacionalismos se curan viajando”, en los últimos tiempos noto que mi equipaje se pone cada vez más ligero…

30/11/10

Ideas suicidas (Novela de una chica ilusa, cap. 10)


El mar provoca en mí ideas suicidas. Me reta. Me dice ven, échate a dormir aquí, bocarriba, sobre las crestas blancas. Eso si hay espumas, como las que dejan las olas en Cabarete. Si no hay espumas entonces me imagino que me dice ven, tírate, traspasa mi cuerpo, húndete y mira lo que hay debajo de mi piel de agua.
Siempre ha sido así. No importa que vaya en una lancha o lo vea por la ventana de un hotel. Si paso por el Malecón o por las Américas, por ejemplo, me gusta verlo de lejos y a intervalos. Si dejo posar la vista varios segundos en el fondo imaginario donde descansan las aguas, me veo tirándome de cabeza, desapareciendo para siempre. Y antes de tirarme sufro porque me imagino a los buzos buscando sin éxito mi cuerpo, a la gente sobre el farallón, metiéndose en lo que no le importa, lamentando la muerte de alguien que se dejó provocar por el mar. Y él burlándose de ellos antes de tragarme.


Maro escribió en su muro de FB una frase conocida que ha vuelto a traer esas ideas suicidas. "Qué me importa que se seque el mar; total, yo no soy marinero". Me regodeo pensando qué pasaría si el cambio climático se retuerce y decide que ya no descongelará los glaciares ni tapará islas enteras, sino que ocurrirá al revés: las aguas del mar se irán secando poco a poco hasta que todos podamos ver su fondo seco, sus secretos al descubierto. Dulce venganza. ¿Qué podría ocurrir? "Iremos caminando hasta Nueva York", dice Pachico. Pero no.
Su misión -la del mar- es mortificarme. Como ya no tendrá agua me imagino frente al farallón del Malecón intentando ver su fondo oscuro, impenetrable. No hay forma de ir a ningún lado. No se le ve el fondo. Y entonces me duele pensar que nunca más pasearía por el Malecón o por las Américas, porque cualquier brisita podría hacerme tambalear y caer al mismo abismo que una vez estuvo lleno de agua...
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P.D.: El mar es como la vida. Nunca se sabe cuándo tocaremos fondo.

21/10/10

¿Insulto o piropo? (Novela de una chica ilusa, cap. 9)

¿Me estás ofreciendo trabajo?, le pregunté.

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Dejé atrás un tapón de apaga y vámonos y me preparé para cruzar la avenida. Como la Yalo vive en limbolandia, no reparó en una chica que, frente a ella, a bordo de un auto azul turquesa claro le tocaba bocina en el carril del medio. No entendí por qué me tocaba bocina desde allí si yo estaba en la acera derecha, parada. ¿Será más volá que yo? Comenzó a formarse otro tapón y al parecer cogió juicio, porque manejó hasta el carril derecho y me voceó:
―¡Un favorcito, una preguntita!
―Sí, dígame. Atrás iba alguien, me parece que un niño. Veo que la chica, rubia, mal peinada pero despampanante, toma un talonario de facturas y se dispone a escribir mi respuesta. “Encuestas de mierda”, pensé. Pero no.
―Es sobre un trabajo, un licor store que abriremos en esta misma avenida ―me dijo. Sólo eso. Y sonríe, esperando mi reacción.
―¿Te refieres a que si quiero trabajar allá, me estás ofreciendo trabajo? ―le pregunté.
―¡Sí! ―dice ella, entusiasmada.
En el instante infinito que dura un segundo la Yalo pensó tantas cosas. Guao, se dijo, tomando en cuenta que en los anuncios de los periódicos solicitan que las chicas destinadas a estos trabajos deben tener entre 18 y 25 años, es un piropo que, a tus 30 y pico, te soliciten algo así. Debes verte muy bien. Y yo, que sueño con hacer una pasantía como mesera en algún hotel de esos que lucen abarrotados en las horas de desayuno, almuerzo y cena, sólo para ver cómo lo haría sin volverme loca, me vi con unos pantaloncitos licra negros apretaditos, maquilladita, con una cola de caballo casi en la frente o una extensión de pelo casi en las nalgas, maniobrando una bandeja gris y ofreciéndoles tragos a un reguero de hombres y parejas que buscan en el alcohol y los cócteles algún alivio existencial.
Justo el cambio radical que cualquier psiquiatra le recomendaría a una jíbara, porque no tiene nada de malo trabajar en un licor store.

Sí, eso pensó el angelito del lado izquierdo de la cabeza. El de la derecha, el angelito de la derecha, tomó aire, se le puso la cara roja y se preguntó por qué en este país que se cree cosmopolita, vanguardista y exclusivo, una chica con pelo rizado no puede salir a la calle usando jeans apretados, porque, ¿qué otra cosa le pudo haber insinuado que yo daba para ese trabajo? ¡Ni siquiera usaba maquillaje! ¿Por qué no puso un anuncio en el periódico? Ah, no le pares, Yalo, exagerada, pensó otra vez el angelito de la izquierda, con tantos desempleados que andan por ahí, y vestida así…
―No, gracias, es que yo tengo trabajo ―le respondí―. Yo trabajo.
―¿Dónde trabajas? ―preguntó ella rápidamente.
Yo creo que no pensó la pregunta. Que lo dijo por preguntar.
La miré sin reírme, pero con los ojos llenos de risa, y ladeé la cabeza un centímetro hacia la derecha, como diciéndole: “Sí, claro, porque te lo voy a decir…”
Sonrío de nuevo, se despidió y arrancó.

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P.D. Ay, ¿y si acaso ella se refería, en realidad, a trabajar en una verdadera tienda de licores (no en el licor store que todos nos imaginamos)? ¿Y si me ofrecía mejor salario, le hubiese dicho que sí? ¿Y si me ofrecía cómodos horarios, le hubiese dicho que sí? ¿Y si…?

16/5/10

¡Vaya foto! (Novela de una chica ilusa, cap. 8)

Se vio allí llena de lodo, hecha un trapo...

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A la Yalo le gusta mucho anotar cuando asiste a una conferencia, curso o seminario. Sus favoritos son los relacionados con turismo sostenible y medio ambiente. Se la pasa escribe que te escribe. Anota cifras, datos, curiosidades… para luego comparar, analizar y poder decirles a las autoridades, con “autoridad”, que no sabe en qué invierten el dinero de los contribuyentes. Casi ni levanta la cabeza salvo para ver las diapositivas y seguir anotando. Jíbara y “mongola” como es, no pregunta mucho, ni discute, ni participa como debiera en los paneles (cómo envidia la capa invisible de Harry Potter). Pero hace unas semanas lanzó un resoplido tan grande durante un curso en (…) patrocinado por (…) que todos se voltearon para ver su cara y luego se echaron a reír. Ustedes también hubiesen pegado un respingo si, en medio de una interesantísima ponencia (dictada por una investigadora genial, extranjera, que mantenía a la Yalo escribe que te escribe y a los demás embelesados, todos gente “importante” y conocedora del turismo sostenible en el país) hubieran visto lo que vio la Yalo al levantar la cabeza de repente, justo cuando la investigadora daba inicio al tema de turismo de naturaleza.
Se vio allí, en la diapositiva, llena de lodo, hecha un trapo... vista por todos los que participaban del curso. La imagen mostraba los momentos siguientes en que un mulo casi la mata, en el año 2006, cuando subía el pico Duarte. La foto fue una de las primeras que subió a su blog hace tiempo y, aunque se supone que el contenido del blog tiene copyright (¡ja, ja!), ella (la Yalo) no se molestó al ver la foto, pero sí que le dio una vergüenza del diañe cuando todos voltearon y la compañera que tenía al lado dijo: “Es que ésa es ella”. Y la jíbara de la Yalo tuvo que contarles a todos lo que había pasado en aquella ocasión. De cómo ella no sabía que a los mulos del pico Duarte no les gustan las zanjas complicadas, ni el lodo, y los evitan cogiendo por otro lado, así sea una orillita de suelo entre un precipicio y una trinchera; y que al ver que el mulo iba derechito al barranco, ella no sabe de dónde sacó fuerzas y lo haló hacia el otro lado, cayendo los dos en la cuneta, con la buena suerte de que el mulo cayó “despechurrao” en la zanja más honda y ella en la de más arriba.
Y por eso conserva la foto, para recordarse a sí misma que lo que ocurrió allá arriba fue un milagro, porque cabían todas las posibilidades de que ambos cayeran en la misma zanja y de que el mulo le cayera encima…
Ufff, da escalofríos pensarlo.

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10/2/10

En el Consulado (Novela de una chica ilusa, cap. 7)

En el “americano”, of course, Yalo terminó por convencerse de que el despojo aquel no le hizo nada, que sigue jalando la mala suerte como abeja al panal.
Como a los gringos les encanta ver su linda carita cada vez que le toca viajar pa’ llá arriba (siempre le dan dos o tres meses de visa, no más de ahí), esta mañana se presentó ante sus puertas a las 6: 24 de la madrugada (con lo que ella odia madrugar) y buscó quien le hiciera la foto del martirio, esa que debe “pesar” tantos miligramos y medir unos centímetros que sólo en dos o tres sitios saben medir bien, por lo que es mejor que la tomen ellos mismos. Pues resulta que un chico que vende café frente al Consulado y al que Yalo se le acercó comenzó a vocearle a Nati, que estaba del otro lado de la avenida, para que la atendiera, aunque Yalo le repetía una y otra vez que gracias, que no necesitaba que la atendieran. ¡Por suerte!, para salir del chico la Yalo se acercó a Nati, que la llevó lejísimo (no tanto, en realidad) por la César Nicolás Penson hasta un foto estudio donde le tomaron la foto y se la pegaron en los famosos formularios. El trabajo de Nati es ése: llevar gente al foto estudio. Cuando regresaba al Consulado, rogando que la gente citada para las 7:00 de la madrugada no hubiera sido llamada aún, Nati le dijo: “No te preocupes, estás a tiempo, tienes a mano el recibo del (fucking) banco Popular, ¿verdad?” (lo de fucking es mío). A la Yalo no le sorprendió para nada escucharse diciéndole a Nati: “Ahora que lo mencionas no, no lo tengo, lo dejé anoche en el trabajo”, y siguió caminando como quien ve un arcoiris. “No te preocupes”, la consoló Nati, “preséntate y diles que se te quedó, ellos te dejan buscarlo y tú vuelves a hacer la fila antes de las 10:00”.

Así lo hizo la Yalo. Los de las 7:00 estaban entrando y efectivamente por lo primero que le preguntaron fue por el recibo. Ella le explicó a uno de los chicos “INFO” que lo había dejado y él le dijo que no podía entrar sin el recibo, que si quería que lo fuera a buscar y que se apareciera antes de las 2:00 de la tarde si no quería perder la cita. Y la Yalo tuvo que ir hasta su trabajo, que queda como a cuatro cuadras de ahí (el taxi se aprovechó de todas formas y le cobró muchísimo) y en menos de 15 minutos estaba de vuelta en la fila. Entró, y si no fuera por la vergüenza que pasó ahí adentro ella se hubiese perdonado lo del recibo (bueno, y también lo de aquella vez, en el concierto de Perales, cuando a 15 minutos de empezar el espectáculo se dio cuenta que también había dejado la taquilla en la casa y pagó el triple por otra…). Decía que ella pudo haberse considerado la chica más afortunada del mundo si no hubiera sido porque allí adentro, con todo y haber cientos de personas buscando visa, a ella era la única que llamaban por sus dos feos, patéticos y horrorosos nombres (el segundo más que el primero) y sus dos apellidos. Sólo se escuchaban números, números, números, cuando de repente una voz dice “Y.A.L.R. pase a la ventanilla tal” (donde le cambiaron el ticket). Más números y números y luego se escucha un “Y.A.L.R. a la ventanilla tal” (donde le tomaron las huellas digitales). Más números y números y un “Y.A.L.R. a la ventanilla tal (a la entrevista con el cónsul). ¡Sólo a ella la llamaban por sus nombres!

Vale. Esto no tiene nada de malo, salvo que, con lo jíbara y vergonzosa que es la Yalo, no soportaba que todos voltearan a verla pasar cada vez que se paraba, y ella se los imaginaba conteniendo la risa, diciendo “pobrecita”.
Sí, es verdad, le dieron la visa y de paso rompió un récord personal: a las 8:50 de la madrugada ya iba rumbo a su trabajo. Y nada, que por si acaso le servía de consuelo, su compañera más cercana le comentó que ella conoce a un chico que se llama “Veraldorso”, o sea, el todo pegado de “ver al dorso”.

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P.D. Salve, Nati, si te veo en la calle te regalo un chocolate. Qué digo. Cuando vuelva al Consulado te lo llevo.
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16/12/09

Sebastián (Novela de una chica ilusa. Cap. 6)

¡Qué brutaaaaaa!

Ocurrió hace dos meses. Luego de echarle gasolina a Sebastián en la bomba (…), Yalo baja el freno de emergencia e intenta mover la palanca de Stop a la D y la palanca no se mueve. Yalo lo intenta con más fuerza y nada. Vuelve y sube y baja el freno de emergencia y lo intenta de nuevo. Nada. Si la palanca no se mueve no podrá arrancar.
Le hace señas al chico de la bomba, que se asoma por la ventanilla, chequea la maniobra que ella hace, mira por todos lados el tablero del vehículo y comprueba que efectivamente la palanca no se mueve.
“Soy una analfabeta automovilística, no sé qué le pasa”, le dice humildemente la Yalo. El responde “bueno, yo tampoco sé mucho de eso”, y se vuelve para atender a alguien del otro lado.
No había nadie detrás de ella pero a Yalo la impaciencia y el miedo de hacer el ridículo le dio con echarse a reír. Una risa nerviosa, tonta. Intentó hacerle más fuerza a la palanca. No se movía. Blandengue hasta rayar la vergüenza, recordó aquellas prácticas de Tae Kwon Do que abandonó precisamente dizque porque le daba “pena” golpear a su oponente. Las necesitaba ahora. Nada.
Dos años y pico de amores con Sebastián y nunca le había ocurrido algo así. No eso.
Lo intenta de nuevo. Nada. Piensa, Yalo: ¿qué haces cuando debes viajar de madrugada y en la noche o cinco horas antes de salir no encuentras el pasaporte?, ¿dónde buscas ese libro que sabes que no has prestado y no lo encuentras ni en el baño, ni en el patio, ¡en ninguna parte!?, ¿cómo y dónde encontrabas los paquitos después de gritarle a todo el mundo en la casa que no toquen tus cosas? Piensa.
Después de llorar y patalear siempre encuentras lo que buscas. ¿Cómo lo haces? Entonces Yalo respiró profundo, cerró los ojos unos segundos y pensó (sí, así como Pinky Dinky Doo) qué hubiese hecho si le quedaran segundos para actuar (a lo MacGyver). Abrió los ojos y se rió.
Llamó al chico de la bomba (¿por qué lo habrá llamado, por qué extender tan vergonzosa racha?) y le dijo:
- Olvídalo, ya está. Mira, es que el vehículo estaba apagado.

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14/4/09

La chica “estrallón” (Novela de una chica ilusa, cap. 5)

Yalo es muy fofa y blandita. Vive en limbolandia y cuando viaja se entretiene mirando alrededor de tal forma que se cae, resbala o tropieza como quien dice por placer. A veces, si no se cae por placer entonces es la situación más inverosímil la que provoca que en casi todos sus viajes termine en el suelo. Por estar de fijona se ha caído en cuevas, ríos, zanjas y duras aceras. Y también de algunos mulos. Tampoco tiene suerte con los caballos. Ya ni vergüenza le da admitirlo. Quizá por eso Timo la bautizó como “la chica estrallón”.

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PD: En la imagen, José (de Indiana Adventure) y María M. la asisten en el Valle de Lilís, luego de sufrir varios "estrallones" y moretones mientras subían el pico Duarte.

19/1/09

El Palacio de Borgellá (Novela de una chica ilusa, cap. 4)

Otra vergüenza. Ella dice: “Estamos en el Palacio de Borgellá”, frente al parque Colón, en la Zona Colonial". Y Yalo, que priva en que conoce La Zona más que to’ el mundo, le dice, para evitar el bochorno: “No, realmente no sé cuál palacio es, pero descuide, lo encuentro. Si está en la Zona Colonial yo lo encuentro”. (Obvio, ¿no?).
Diañe, cuando pregunté y me dijeron cuál era el edificio puse las manos en la cintura, como quien insinúa: Ahora sí es verdad que te pasaste, Yalo. Ella, que pasa "mil" veces al mes por la Oficina de Turismo que funciona en ese edificio a suplicarle a las chicas que le den el último catálogo de promoción del país, la que no salía de Segafredo y relajaba a los taxistas que usan el árbol de enfrente como pizarra, la que se sienta en los bancos justo frente a su fachada a ver las matas raras del parque… Ella no sabía que ése era el Palacio de Borgellá. Y mira que el edificio tiene tremenda placa en el frente que reza:
“Palacio de Borgellá (antigua Casa de Diego de Herrera). Casa del siglo XVI de Don Diego de Herrera, importante personaje de la colonia. Fue adquirida por el gobernador haitiano Gerónimo Borgellá (1822-1844), quien la remodeló para la casa de gobierno, imprimiéndole el carácter actual. Este palacio fue asiento de la Real Audiencia la Anexión a España (1863). Ha tenido varios usos: Tribunal de Justicia, casa de Gobierno y sede del Senado de la República”.
PD: Venga, otra lección que Yalo jamás olvidará…

14/12/08

El despojo (Novela de una chica ilusa, cap. 3)


Aunque no cree en eso, Yalo pensó que dado que tiene tan buena suerte para que la engañen, que casi nunca ha logrado entregar un trabajo a tiempo, que es haragana en extremo y tonta y pendeja en igual proporción… Ella pensó que un despojo no le vendría mal.
Así, aprovechando que acompañaba a unos amigos –que sí creen en eso– hasta las tierras de Solín, tal vez el más grande santero de San Juan y, cuidado, del país, decidió que ya era hora de “quitarse lo malo y echarlo en el mar”.
Franqueó caminos y laderas, cruzó riachuelos y carreteras y al llegar al llano de Solín hizo como Vicente (que hace lo que ve hacer a la gente): le dio tres vueltas a las cruces de Liborio, tocó cada una de las –no sé cuántas- campanitas del altar –enorme, imponente– y mandó a comprar el velón que emanaría la luz que le indicaría a Solín cuán descricajada era su vida.
Cuando le tocó su turno se sentó en la silla frente al altar mirando los trapos de colores que se enganchan en el techo por cada alma “despojada”, se sobresaltó cuando Solín le dijo que descruzara los pies y se quedó allí como una estatua, sin saber qué decir.
No preguntó nada, no dijo una sola palabra pero tampoco hizo falta. Solín la “desnudó” de arriba abajo, le dijo todo lo que ella quería y temía escuchar y muchas cosas de esas que ella siempre dice que se arrepiente de pensar y hacer. La más ingenua fue: “Tenga cuidado con el dinero, porque así como le llega se va”. Y con las palmas y los dedos de las manos dibujó la siguiente frase: “Le entra por aquí –porque le entra– y le sale por aquí”.
Las demás observaciones fueron muy dolorosas como para exponerlas así, sin que nadie pague por escucharlas.

Con cada palabra de Solín Yalo intentaba que los ojos no se le salieran y, a lo muy cibaeña que es, mantuvo siempre una actitud de: “Ja, no estoy muy segura de lo que usted dice”, cuando en el fondo quería decirle: “¡Mierda, Solín!, ¿cómo es que pegaste en todo?”
Para finalizar, Solín le dio su respectivo despojo con hojas de las que Yalo sólo alcanzó a reconocer la ruda. El agua usada despedía un olor “indescifrable”, como esos olores que emanan de las habitaciones de las abuelas que se están muriendo. Para completar la obra subimos hasta las montañas de Liborio y nos mojamos con la agüita santa que quita hasta las pecas.
Y de nuevo para el valle para hacer un recorrido por San Juan de la Maguana. El viaje había terminado. A las 5:00 de la tarde saldría la última guagua de Caribe Tours.

Allí vamos
¡Vida nueva!, pensó Yalo. Adiós, temores. Adiós, arrepentimientos. Es tiempo de renacer. ¡Allá nos vemos, Santo Domingo!
El frío de la guagua, unido al polvo recogido durante el día, presagiaron una incipiente gripe que Yalo pensó no pasaría de ahí, por lo menos no después de haber dejado atrás todo lo malo.
De la parada siguió hasta el trabajo y allí la “jalaron” los jefes a una oficina para informarle que el proyecto en el que venía trabajando desde hacía un año y pico había sido cancelado, y que ya le informarían lo que haría en lo adelante.
Luego, por primera vez en su vida como empleada –que ya ronda los trece años–, Yalo faltó tres días al trabajo. Sí, ella nunca había faltado, por ningún motivo, a ninguno de sus trabajos (ni siquiera cuando le sacaban las muelas para que los brackes encontraran espacio en su boca). Faltar es lo de menos, se dijo, algún día tenía que ser, ¡pero faltar por una gripe era inconcebible! ¡Intolerable!
Pero así fue. ¿Las hojas? ¿El agua? ¿El polvo de agosto de San Juan? ¿El frío de la guagua? ¿Un castigo del Señor? Ella intenta averiguarlo aún. Solín le había predicho lo del trabajo –en serio– pero también le había dicho que si de algo Yalo debía estar muy orgullosa, con todo y quejarse tanto, era de su envidiable salud…
 
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P.D.: A veces, cuando recuerda el despojo con cariño, Yalo se pregunta de qué color habrá puesto Solín su trapo en el techo de la santería...

4/8/08

¡Qué vergüenza! (Novela de una chica ilusa, cap. 2)

En uno de los parques de Baní, el busto de Juan Pablo Duarte comparte primacía con el de Marcos A. Cabral. El de Cabral está ubicado frente a la catedral, y el de Duarte en el otro extremo.
Ayer, cuando paseando con los amigos de Párate Ahí Tours Yalo le preguntó a un señor muy mayor que estaba sentado en un banco quién era Marcos A. Cabral, él hizo señas con las manos, bajando y subiendo el índice en dirección al suelo, como indicando, pensó ella, que tenía algo que ver con el parque o con la ciudad.
Qué bien, pensó la Yalo. En los pueblos suelen ponerles los nombres de personas importantes de la comunidad a los parques.
―Ahhh, ya entiendo ―dice Yalo―, él les ayudó a construir el parque, ¿verdad?
―Pero mi hija ―respondió el señor, entre asombrado y decepcionado―. Marcos A. Cabral fue presidente de este país.

¡Ups! ¡Ups! ¡Ups!

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P.D.: Marcos Antonio Cabral nació en Baní en 1846 y fue presidente de la República del 10 de diciembre de 1876 al 26 de diciembre de 1876. Dieciséis días, pero lo fue. También se destacó en la Guerra de la Restauración. Murió en 1912. Les juro que Yalo jamás lo olvidará.