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9/10/20

¡Hola, caracola!

Hay una nueva inquilina en el jardín. Una Agraulis vanillae le dio la bienvenida. Es algo así como una especie de Zinnia, pero con las hojas parecidas a las del girasol. De hecho, va girando con el Sol a medida que avanza el día.
Es hija de otra igual (los hijos, en Botánica, no siempre son iguales a las madres) que nació y creció por obra del Espíritu Santo debajo del pino Thuja orientalis hace varios meses. Como estaba debajo del pino, se dio chiquitita. Pero regamos las semillas a ver qué pasaba y ya ven.
El pino lo cortamos porque ya estaba feo, así que las nuevas semillas germinaron y los tallos subieron a sus anchas. Las flores duran muchos días.
Ah, vienen cuchucientas más por ahí.







16/9/20

Reto de observación


Juguemos. Miren de repente toda la franja izquierda de la imagen. ¿Ilusión óptica? ¿Photoshop? Hay algo raro en esta foto de Istock tomada en el parque central de Puerto Plata. ¿Quisieron convertir el laurel del fondo (el de la flecha) en framboyán usando flores de trinitarias? ¿Por qué el laurel parece estar frente a la palma si está tan lejos? ¿Qué pasa en realidad? 

31/8/20

Arquitectura vegetal (anón)

Anón (Annona squamosa). Nativo. Está en peligro crítico de extinción y por eso una hasta como que celebra encontrar una mata por ahí.
El árbol de la foto está en Paraíso, Barahona.
Una vez Xiomarita Pérez escribió (2009) que en Venezuela vio que los vendían en la calle por montones. Y que aquí, en cambio: “Solo veo el anón en la fiesta de San Martín de Porres, en Las Tablas de Baní y aprovecho para comprarlo”.
A raíz de esta historia que publicó en su columna del Listín fue que conocimos a doña Rita, la guardiana de las frutas en extinción. Doña Rita la invitó para que viera que, por lo menos en su finca, muchas frutas (endémicas, nativas y exóticas) crecían saludables y a sus anchas, protegidas de los depredadores. Más que una hermosa persona, doña Rita.

9/8/20

Nombres propios

Esto ocurrió de verdad en 2012.
Sarah (ya debe ser casi una adolescente) debía tener como dos años y medio o tres años (porque hablaba clarito) cuando la conocimos en la casa de Yiyi, en La Vega.
Creo que era una vecinita.
Estaba jugueteando con la perrita de la casa, esa que ven en la foto, cuando llegamos.
Yo pregunté cómo se llamaba la perra y me dijeron que Sarah.
Al parecer, la niña no lo sabía. 
Preguntó sorprendida por qué la perra se llamaba como ella, me pareció que algo dolida.
Si la hubieran visto, tan pipiolita.
Unos minutos después la llamaron/vocearon desde una casa vecina y cuando se marchaba se volteó y dijo, mirando a la perra y a todos los que estábamos allí: “Ahora me voy. Cuando yo vuelva, que ella ya no se llame como yo”.