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4/11/12

La Agüita de Liborio

Nada más llega noviembre y con él asoma el recuerdo de Liborio Mateo* a la cabeza de la Yalo. Siempre ha sido así. Es como si Liborio me juchara a escribir de él.  ¿Y saben por qué nunca lo había hecho? Porque la Agüita de Liborio es uno de esos lugares que te mueres por conocer y al llegar te decepcionan.
Nos ocurrió con los centros urbanos de Miches y de Sabana de la Mar. Sus nombres son tan bucólicos que te esperas otra cosa, qué sé yo.
A lo mejor es tiempo de que lo diga para que Liborio me deje en paz. Cuando viene a ver él quiere que lo haga para ver si hacen algo con este sitio de peregrinación: el rincón en la montaña al que llegan fieles y no fieles a conocer la piedra donde posó su mano el “mesías” de la Maguana, o a bañarse en el manantial del que se dicen tantas cosas...
Es cierto. Una espera ir a Maguana (Arriba), al norte del municipio San Juan de la Maguana (provincia San Juan) a mojarse con la agüita de Liborio esperando que el agua “bendita” nos limpie de la mala suerte y de las enfermedades, esperando encontrar un espacio de ensueño donde solo se escuche el rumor del chorrito, tipo cuadro antiguo... ¿y con qué nos encontramos? Con una poza fea encementada y encerrada entre paredes, parece que para aprovechar lo poquito de agua que sale del manantial.
Hombres y mujeres se turnan para entrar y bañarse (sí, el área del manantial tiene una puerta, es como un cuarto sin techo). Muchas de las piedras están pintadas (muy mal, le quita el encanto natural al entorno) y el altar en honor a San Miguel, en la gruta del fondo de la placita, da miedo (¿se han fijado en que todos los altares dan miedo?). 
Lo bueno del viaje es que el camino que se desprende de la carretera San Juan-Sabaneta y que lleva hasta la agüita (ver mapa) está en tan mal estado que hay tiempo de sobra para, mientras el vehículo se tambalea, disfrutar el paisaje del norte de San Juan. Y mejor todavía es que, por suerte, no todos suben a Maguana Arriba para fijarse en cosas tan triviales como en las que se fija la Yalo…
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*Algunos historiadores prefieren llamarlo Olivorio Mateo.

14/12/08

El despojo (Novela de una chica ilusa, cap. 3)


Aunque no cree en eso, Yalo pensó que dado que tiene tan buena suerte para que la engañen, que casi nunca ha logrado entregar un trabajo a tiempo, que es haragana en extremo y tonta y pendeja en igual proporción… Ella pensó que un despojo no le vendría mal.
Así, aprovechando que acompañaba a unos amigos –que sí creen en eso– hasta las tierras de Solín, tal vez el más grande santero de San Juan y, cuidado, del país, decidió que ya era hora de “quitarse lo malo y echarlo en el mar”.
Franqueó caminos y laderas, cruzó riachuelos y carreteras y al llegar al llano de Solín hizo como Vicente (que hace lo que ve hacer a la gente): le dio tres vueltas a las cruces de Liborio, tocó cada una de las –no sé cuántas- campanitas del altar –enorme, imponente– y mandó a comprar el velón que emanaría la luz que le indicaría a Solín cuán descricajada era su vida.
Cuando le tocó su turno se sentó en la silla frente al altar mirando los trapos de colores que se enganchan en el techo por cada alma “despojada”, se sobresaltó cuando Solín le dijo que descruzara los pies y se quedó allí como una estatua, sin saber qué decir.
No preguntó nada, no dijo una sola palabra pero tampoco hizo falta. Solín la “desnudó” de arriba abajo, le dijo todo lo que ella quería y temía escuchar y muchas cosas de esas que ella siempre dice que se arrepiente de pensar y hacer. La más ingenua fue: “Tenga cuidado con el dinero, porque así como le llega se va”. Y con las palmas y los dedos de las manos dibujó la siguiente frase: “Le entra por aquí –porque le entra– y le sale por aquí”.
Las demás observaciones fueron muy dolorosas como para exponerlas así, sin que nadie pague por escucharlas.

Con cada palabra de Solín Yalo intentaba que los ojos no se le salieran y, a lo muy cibaeña que es, mantuvo siempre una actitud de: “Ja, no estoy muy segura de lo que usted dice”, cuando en el fondo quería decirle: “¡Mierda, Solín!, ¿cómo es que pegaste en todo?”
Para finalizar, Solín le dio su respectivo despojo con hojas de las que Yalo sólo alcanzó a reconocer la ruda. El agua usada despedía un olor “indescifrable”, como esos olores que emanan de las habitaciones de las abuelas que se están muriendo. Para completar la obra subimos hasta las montañas de Liborio y nos mojamos con la agüita santa que quita hasta las pecas.
Y de nuevo para el valle para hacer un recorrido por San Juan de la Maguana. El viaje había terminado. A las 5:00 de la tarde saldría la última guagua de Caribe Tours.

Allí vamos
¡Vida nueva!, pensó Yalo. Adiós, temores. Adiós, arrepentimientos. Es tiempo de renacer. ¡Allá nos vemos, Santo Domingo!
El frío de la guagua, unido al polvo recogido durante el día, presagiaron una incipiente gripe que Yalo pensó no pasaría de ahí, por lo menos no después de haber dejado atrás todo lo malo.
De la parada siguió hasta el trabajo y allí la “jalaron” los jefes a una oficina para informarle que el proyecto en el que venía trabajando desde hacía un año y pico había sido cancelado, y que ya le informarían lo que haría en lo adelante.
Luego, por primera vez en su vida como empleada –que ya ronda los trece años–, Yalo faltó tres días al trabajo. Sí, ella nunca había faltado, por ningún motivo, a ninguno de sus trabajos (ni siquiera cuando le sacaban las muelas para que los brackes encontraran espacio en su boca). Faltar es lo de menos, se dijo, algún día tenía que ser, ¡pero faltar por una gripe era inconcebible! ¡Intolerable!
Pero así fue. ¿Las hojas? ¿El agua? ¿El polvo de agosto de San Juan? ¿El frío de la guagua? ¿Un castigo del Señor? Ella intenta averiguarlo aún. Solín le había predicho lo del trabajo –en serio– pero también le había dicho que si de algo Yalo debía estar muy orgullosa, con todo y quejarse tanto, era de su envidiable salud…
 
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P.D.: A veces, cuando recuerda el despojo con cariño, Yalo se pregunta de qué color habrá puesto Solín su trapo en el techo de la santería...