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Los sueños vienen y van atrapados en una valija...
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Hace varios años (2001, creo), cuando recién me estrenaba en el fabuloso mundo del periodismo, hice una de las reseñas que más ha llenado mi ya por entonces retorcida existencia.
La titulé “Proyecto Maletas: sueños que vienen y van atrapados en una valija” (periódico Hoy).
Se trataba de una exposición-proyecto que presentaba en el país un grupo de artistas argentinos cuyos miembros pintaban o armaban una instalación dentro de una maleta.
El trabajo de cada artista, lo que sea que se le ocurriera, debía caber en ella. No podían tomarse un centímetro extra. Esa era la regla. Sus percepciones del mundo, sus temores, alegrías e impresiones, todo se reducía a una pequeña valija, a un equipaje de mano. Y así iban por muchos países mostrando su arte.
¿Por qué me marcó tanto este proyecto? Porque los viajes y las maletas son, por así decirlo, reflejo de nuestros álter egos.
A veces, sólo cuando viajamos (así no pasemos del interior del país) y descubrimos mundos distintos a los que nos rodean (como la modestia extrema, no pobreza, de nuestros campesinos); sólo cuando nos toca poner lo imprescindible en una mochila o en una maleta es que nos damos cuenta de que nos sobran zapatos, accesorios, trapos caros y muchísimos objetos que no caben y nunca cabrán en ellas.
Poco a poco entendemos también que nos sobran teorías, doctrinas, creencias y puntos de vista que nunca, por más que queramos, formarán parte de nuestro viaje y deberán quedarse… porque no hay espacio para ellos en la maleta y, por tanto, tampoco son imprescindibles para la vida.
Quizá por aquello que dicen que dijo Unamuno, eso de que “los nacionalismos se curan viajando”, en los últimos tiempos noto que mi equipaje se pone cada vez más ligero…