Puentes Botánicos 2026


Esta fue una muy linda experiencia. 
Que vivan las plantas. Y la gente que sabe de plantas y que con tanta pasión comparte ese conocimiento con los muggles botánicos de la humanidad. 

 

¡Hola, abril!

 

Tu último espectador (a José Luis Perales) (Monumento al ego 32)


Amo a Perales. Y no porque me haya dedicado varias canciones.

Solía pensar que me hubiera gustado nacer en Cuenca, a mediados de los años 40, y haber sido Manuela. 
Luego entendí que no era un amor “así” el que sentía por Perales. Que era otra cosa. Algo difícil de explicar.
Con él aprendí, todavía muy pequeña, que una hilera de vocales y consonantes pueden provocar sensaciones que te hacen reír, llorar, temblar, soñar, amar...
Que las palabras eran capaces de dar vida a lo incorpóreo, a lo inmaterial.

Creo que Perales es el culpable de que haya estudiado una carrera tan cercana a las letras. Y también de que viva siempre en Limbolandia. 
Todavía no cumplía siete años cuando escuché esa voz por primera vez.
Tendida en el piso de una terraza de campo, contemplando las sombras que dejaban sobre el suelo las ramas de un piñón, a esa hora después del mediodía en que el sopor te obliga a entornar los ojos cuando se topan con el resplandor de la calle, lo oí:

A ti, que eres mi vida entera
la brisa de primavera
la claridad…

Brisa, primavera, claridad. Todo lo que “pasaba” en ese momento hecho canción.

Luego escuché, sin saber que era el mismo señor, el trozo de una canción que quedaría grabada de por vida en mi cabeza y que no escuché entera hasta bien entrada la juventud.

Y se volvió soñador
y quiso ser amigo de la libertad

Soñador. Libertad.

Ese solo trocito se convirtió en mi canción favorita. Ni Menudo, ni Los Chicos, ni Mermelada ni Los Chamos pudieron destronar esos dos versos.
A los 9 volví a escuchar Canción de Otoño y supe, gracias a Radio Mil, que esa y otras que le siguieron las cantaba José Luis Perales. Mi mami de las Aldeas Infantiles S.O.S. colocaba el radio en la meseta de la cocina y me dejaba pasar horas muertas tendida boca arriba escuchando la programación de la emisora. Como Perales nunca perdió un “Pídalo hoy y escúchelo mañana”, pronto me aprendí todas sus canciones.
Y me enamoré de él y de todas sus canciones. Lo adoraba, en verdad.

Un día, el profesor de canto nos dijo que teníamos que aprendernos la canción Que canten los niños porque debíamos cantársela a gente importante que venía para las aldeas. Y así me enteré que esa, y otras de sus más hermosas canciones que vinieron luego, Perales las había compuesto para nosotros. Ahí supe de su vínculo con la institución.
No puede ser. Qué coincidencia. Mi amor platónico había compuesto canciones para mí.

El borrón es porque él pensaba que me llamaba Yanire, más común en España. 

💖 Otro día, leyendo el diccionario, ‘descubrí’ que el Guadalquivir no era un mar, sino un río. Pensar que me bañé mentalmente miles de veces en ese río/mar. Porque es verdad que vivía, por así decirlo, en el universo lúdico, geográfico y sensorial de Perales.
He chismeado con doña Asunción. He paseado no sé cuántas veces en coche por el parque María Luisa. He sentido celos (literal) de su guitarra y sentí también lástima cuando veía pasar a María, y por las samaritanas del amor, y por la loca de la playa, y por la tabaquera. Y por Andrés… Y por la chica que al casarse en lugar de decir que no, dijo que sí.  
En los 90, siendo misionera en Monte Bonito (una Semana Santa con las Hijas de Jesús, en el bachillerato), Alejandra y yo recompusimos Balada para una despedida y m…, quedó hermosa.


Lo primero que compré con mi primer sueldo como asistente de preescolar fue el casete de Gente Maravillosa. En la tienda de CD de El Conde.  

Con Perales entendí que hay formas infinitas de abordar poéticamente el suicidio, la infidelidad, la corrupción, el desamor, la depresión, el dolor y la soledad. 
Que puedes, en un mismo verso, manifestar dicha, tristeza, temor, angustia, felicidad, ganas de llorar…  

💓Algunas palabras no tienen para mí la misma connotación que les adjudica la RAE. Los tópicos de Perales tienen su propia definición: abril, el mar, la brisa, Sevilla, un sillón, el otoño, el color gris, el jardín, el tiempo, la soledad, el cielo de abril, la lluvia en la ventana, un camino, un sauce, la niñez… son lienzos pictóricos que llenas con todas las tonalidades de tu imaginación. 

Escucharlo es un bálsamo. Disfrutar de su voz, darle vida a sus historias y seguir el compás de las melodías de sus canciones es lo más parecido a la felicidad.  
Y nada. Escribo esto tan largo para, si Perales lo lee un día, que sepa que aquí en Santo Domingo está, y siempre estará, su último espectador...  

Del Festival de Orquídeas 2026


Organizado por la Sociedad Dominicana de Orquideología y el Jardín Botánico Nacional. 

Hasta siempre, sultana...

Se nos fue la reina de la salve. Mucho que decir. Mucha tristeza también. Una fecha para marcar en el calendario folclórico dominicano. Hasta siempre, Enerolisa (1952-2026).

Rosa de Bayahíbe hembra


Son más comunes las “macho”, por eso hacemos una algarabía cada vez que encontramos una rosa de Bayahíbe hembra (Leuenbergeria quisqueyana / Pereskia quisqueyana), con sus pequeños tentáculos amarillos que parecen retorcerse como si les obligaran a salir. 
Este ejemplar crece en la plaza central del Jardín Botánico Nacional, en Santo Domingo.

Pauer: jabones artesanales

Esta fue una linda entrevista. Repartimos jabones entre amigos y les pedimos su opinión antes de escribir la historia. Todos los testimonios fueron positivos. 

Leer en https://listindiario.com/la-vida/vida-verde  


 

Academia Dominicana de la Historia. Ciudad Colonial


Despedida de año en La Sal


Yaniris López 
La Vega 
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A unos 1,060 metros sobre el nivel del mar, rodeado de pinos, hierba y flores silvestres, el centro de visitantes de la montaña La Sal, en Jarabacoa, promete y cumple una acampada que reaviva el espíritu montero y al mismo tiempo frena y aleja, así sea por un día y una noche, el estrés y las preocupaciones.
No hay prisas. Solo dejarse llevar. Caminar. Explorar. Sentir el frío de la montaña. Capturar imágenes y vivencias mientras se cuaja un sancocho, te pones al día con amigos de aventuras pasadas y conoces gente maravillosa. 
Hay dos opciones para llegar. La primera es recorrer a pie los 10 kilómetros que unen la caseta con El Arroyazo, punto de partida del más exigente circuito de senderismo que ofrece la reserva científica Ébano Verde. Como El Arroyazo se encuentra en Constanza, la caminata “Sendero al Centro La Sal” une los dos municipios veganos a lo largo de las laderas de loma La Golondrina y en su ruta panorámica regala al viajero todos los tonos de verde del bosque húmedo dominicano.


La otra opción es tomar la carretera La Sal, siguiendo un sendero sombreado de unos 10 kilómetros que inicia en la comunidad Paso Bajito y atraviesa el río Jimenoa y su emblemático puente colgante. 

Punete colgante sobre el río Jimenoa.

Marotear lulo, toronja, naranja y candongo forma parte de las delicias del recorrido.
Así, próximo al arroyo La Sal, sobre la grama o al calor del fuego de la chimenea, rememorando viajes y aventuras en los montes dominicanos, los chicos y chicas que recorren la geografía nacional con Manuel Peralta Ureña (@MonteroDeCorazón) eligieron este punto del macizo oriental de la cordillera Central para despedir el año y desear, para todos los viajeros y amantes de la naturaleza, un 2026 cargado de nuevas y fascinantes andanzas. 

Acogedor. El centro cuenta con baño y cocina. 







En El Arroyazo, Constanza, inicia y termina el sendero dentro de la reserva que lleva a loma La Sal. En la imagen: Chiara.

Entre El Curro y el malecón de la ciudad de Barahona…


…hay un trozo de mar de 14 kilómetros en línea recta que conecta (no separa) el muro verde de la loma con la playa de piedras del centro urbano de la Perla del Sur. 
Ese vínculo etéreo entre la silueta casi siempre oscura de El Curro y la línea costera del malecón de Barahona; esas aguas tranquilas que invitan a la contemplación más que al baño; ese paisaje multicolor acentuado por el arte pictórico de los botes pesqueros y el parque infantil, producen en el viajero una sensación de nostalgia y felicidad parecida -José Luis Perales lo diría mejor- a esa “sensación de libertad” que dejan las tardes de domingo. 


¿El cuadro fotográfico? Al fondo, en tercer plano, la loma que alcanza los 1,300 metros sobre el nivel mar y que forma parte del parque nacional Sierra Martín García. Al frente, en segundo plano: el plato llano de las aguas de la bahía de Neiba. Y la primera línea, en primer plano: una franja blanca de 200 metros enclavada entre la desembocadura del río Birán y el mirador de El Curro. Loma y playa. Tierra y mar. Un paisaje completo.