Solía pensar que me hubiera gustado nacer en Cuenca, a mediados de los años 40, y haber sido Manuela.
Luego entendí que no era un amor “así” el que sentía por Perales. Que era otra cosa. Algo difícil de explicar.
Con él aprendí, todavía muy pequeña, que una hilera de vocales y consonantes pueden provocar sensaciones que te hacen reír, llorar, temblar, soñar, amar...
Que las palabras eran capaces de dar vida a lo incorpóreo, a lo inmaterial.
Creo que Perales es el culpable de que haya estudiado una carrera tan cercana a las letras. Y también de que viva siempre en Limbolandia.
Todavía no cumplía siete años cuando escuché esa voz por primera vez.
Tendida en el piso de una terraza de campo, contemplando las sombras que dejaban sobre el suelo las ramas de un piñón, a esa hora después del mediodía en que el sopor te obliga a entornar los ojos cuando se topan con el resplandor de la calle, lo oí:
A ti, que eres mi vida entera
la brisa de primavera
la claridad…
Brisa, primavera, claridad.
Todo lo que “pasaba” en ese momento hecho canción.
Luego escuché, sin saber que
era el mismo señor, el trozo de una canción que quedaría grabada de por vida en
mi cabeza y que no escuché entera hasta bien entrada la juventud.
Y se volvió soñador
y quiso ser amigo de la libertad
Soñador. Libertad.
Ese solo trocito se convirtió
en mi canción favorita. Ni Menudo, ni Los Chicos, ni Mermelada ni Los Chamos
pudieron destronar esos dos versos.
A los 9 volví a escuchar
Canción de Otoño y supe, gracias a Radio Mil, que esa y otras que le siguieron
las cantaba José Luis Perales. Mi mami de las Aldeas Infantiles S.O.S. colocaba
el radio en la meseta de la cocina y me dejaba pasar horas muertas tendida boca
arriba escuchando la programación de la emisora. Como Perales nunca perdió un
“Pídalo hoy y escúchelo mañana”, pronto me aprendí todas sus canciones.
Y me enamoré de él y de todas sus canciones. Lo adoraba, en verdad.
Un día, el profesor de canto nos dijo que teníamos que aprendernos la canción
Que canten los niños porque debíamos cantársela a gente importante que venía
para las aldeas. Y así me enteré que esa, y otras de sus más hermosas canciones
que vinieron luego, Perales las había compuesto para nosotros. Ahí supe de su
vínculo con la institución.
No puede ser. Qué coincidencia. Mi amor platónico había compuesto canciones
para mí.
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| El borrón es porque él pensaba que me llamaba Yanire, más común en España. |
Otro día, leyendo el diccionario, ‘descubrí’ que el Guadalquivir no era un mar,
sino un río. Pensar que me bañé mentalmente miles de veces en ese río/mar. Porque
es verdad que vivía, por así decirlo, en el universo lúdico, geográfico y sensorial
de Perales.
Lo primero que compré con mi primer sueldo como asistente de preescolar fue el casete de Gente Maravillosa. En la tienda de CD de El Conde.
Con Perales entendí que hay formas infinitas de abordar poéticamente el suicidio, la infidelidad, la corrupción, el desamor, la depresión, el dolor y la soledad.
Que puedes, en un mismo verso, manifestar dicha, tristeza, temor, angustia, felicidad, ganas de llorar…
Algunas palabras no tienen para mí la misma connotación que les adjudica la RAE. Los tópicos de Perales tienen su propia definición: abril, el mar, la brisa, Sevilla, un sillón, el otoño, el color gris, el jardín, el tiempo, la soledad, el cielo de abril, la lluvia en la ventana, un camino, un sauce, la niñez… son lienzos pictóricos que llenas con todas las tonalidades de tu imaginación.
Escucharlo es un bálsamo. Disfrutar de su voz, darle vida a sus historias y seguir el compás de las melodías de sus canciones es lo más parecido a la felicidad.
Y nada. Escribo esto tan largo para, si Perales lo lee un día, que sepa que aquí en Santo Domingo está, y siempre estará, su último espectador...



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