“Vengan a Ver”

Que hace muchos años en la zona había tantos chivos, vacas y ovejas y se cosechaban tantos plátanos, guineos, arroz y hortalizas que la gente se acercaba al campo y voceaba: “¡El picho, vengan a ver!” (las dos primeras palabras son de Yalo, pero debió ser algo así).
Que ahora sólo quedan La Zurza (al norte) y más arriba el lago Enriquillo como únicos atractivos.
Que después de la debacle era peor, más feo, más “desbaratao”. Que ahora luce un poco mejor. Que, realmente, aunque hay muy poco que ver, vale la pena el viaje y seguir averiguando por qué le dicen así.

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Vengan a Ver es un distrito municipal de la provincia Independencia ubicado aproximadamente tres kilómetros al oeste del municipio Duvergé. Allí viven, según la ONE, 2,635 habitantes. Es un paso obligado de la ruta sur del lago Enriquillo, porque la carretera Duvegé-El Limón-Jimaní atraviesa la comunidad y de todas formas hay que pararse en el balneario La Zurza. Los ancianos de la comunidad aseguran que la abundancia de recursos hacía que la gente se acercara y dijera: “Vengan a ver”.

¡Qué tupé! ¡Qué mal gusto!

Mira que construir el centro para visitantes de Valle Nuevo (Parque Nacional Juan B. Pérez Rancier) casi al lado de la principal atracción de la zona, Las Pirámides de Constanza, habiendo tanto espacio en el valle, como que deja mucho que decir del buen gusto de mi apreciada Secretaría de Medio Ambiente (Semarena).
Avic, que viajó hasta la zona a principios de este mes, nos muestra las fotos de “lo chulo” que va quedando el centro, y de lo feo que se verán, en lo adelante, las fotos que tomemos en uno de los espacios ecoturísticos más apreciados por los aventureros dominicanos.
¡Qué tupé! ¡Qué mal gusto! ¡Qué coj…! Tá bien, el mundo no se acabará por eso, pero cónchale…

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P.D.: Será como fotografiar el Altar de la Patria, en el parque Indepedencia: muy lindo y todo lo demás, pero el edificio construido al fondo es el que se roba el show.

El despojo (Novela de una chica ilusa, cap. 3)


Aunque no cree en eso, Yalo pensó que dado que tiene tan buena suerte para que la engañen, que casi nunca ha logrado entregar un trabajo a tiempo, que es haragana en extremo y tonta y pendeja en igual proporción… Ella pensó que un despojo no le vendría mal.
Así, aprovechando que acompañaba a unos amigos –que sí creen en eso– hasta las tierras de Solín, tal vez el más grande santero de San Juan y, cuidado, del país, decidió que ya era hora de “quitarse lo malo y echarlo en el mar”.
Franqueó caminos y laderas, cruzó riachuelos y carreteras y al llegar al llano de Solín hizo como Vicente (que hace lo que ve hacer a la gente): le dio tres vueltas a las cruces de Liborio, tocó cada una de las –no sé cuántas- campanitas del altar –enorme, imponente– y mandó a comprar el velón que emanaría la luz que le indicaría a Solín cuán descricajada era su vida.
Cuando le tocó su turno se sentó en la silla frente al altar mirando los trapos de colores que se enganchan en el techo por cada alma “despojada”, se sobresaltó cuando Solín le dijo que descruzara los pies y se quedó allí como una estatua, sin saber qué decir.
No preguntó nada, no dijo una sola palabra pero tampoco hizo falta. Solín la “desnudó” de arriba abajo, le dijo todo lo que ella quería y temía escuchar y muchas cosas de esas que ella siempre dice que se arrepiente de pensar y hacer. La más ingenua fue: “Tenga cuidado con el dinero, porque así como le llega se va”. Y con las palmas y los dedos de las manos dibujó la siguiente frase: “Le entra por aquí –porque le entra– y le sale por aquí”.
Las demás observaciones fueron muy dolorosas como para exponerlas así, sin que nadie pague por escucharlas.

Con cada palabra de Solín Yalo intentaba que los ojos no se le salieran y, a lo muy cibaeña que es, mantuvo siempre una actitud de: “Ja, no estoy muy segura de lo que usted dice”, cuando en el fondo quería decirle: “¡Mierda, Solín!, ¿cómo es que pegaste en todo?”
Para finalizar, Solín le dio su respectivo despojo con hojas de las que Yalo sólo alcanzó a reconocer la ruda. El agua usada despedía un olor “indescifrable”, como esos olores que emanan de las habitaciones de las abuelas que se están muriendo. Para completar la obra subimos hasta las montañas de Liborio y nos mojamos con la agüita santa que quita hasta las pecas.
Y de nuevo para el valle para hacer un recorrido por San Juan de la Maguana. El viaje había terminado. A las 5:00 de la tarde saldría la última guagua de Caribe Tours.

Allí vamos
¡Vida nueva!, pensó Yalo. Adiós, temores. Adiós, arrepentimientos. Es tiempo de renacer. ¡Allá nos vemos, Santo Domingo!
El frío de la guagua, unido al polvo recogido durante el día, presagiaron una incipiente gripe que Yalo pensó no pasaría de ahí, por lo menos no después de haber dejado atrás todo lo malo.
De la parada siguió hasta el trabajo y allí la “jalaron” los jefes a una oficina para informarle que el proyecto en el que venía trabajando desde hacía un año y pico había sido cancelado, y que ya le informarían lo que haría en lo adelante.
Luego, por primera vez en su vida como empleada –que ya ronda los trece años–, Yalo faltó tres días al trabajo. Sí, ella nunca había faltado, por ningún motivo, a ninguno de sus trabajos (ni siquiera cuando le sacaban las muelas para que los brackes encontraran espacio en su boca). Faltar es lo de menos, se dijo, algún día tenía que ser, ¡pero faltar por una gripe era inconcebible! ¡Intolerable!
Pero así fue. ¿Las hojas? ¿El agua? ¿El polvo de agosto de San Juan? ¿El frío de la guagua? ¿Un castigo del Señor? Ella intenta averiguarlo aún. Solín le había predicho lo del trabajo –en serio– pero también le había dicho que si de algo Yalo debía estar muy orgullosa, con todo y quejarse tanto, era de su envidiable salud…
 
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P.D.: A veces, cuando recuerda el despojo con cariño, Yalo se pregunta de qué color habrá puesto Solín su trapo en el techo de la santería...

Lo que hace un tallito



PD: Y cubierto de asfalto...

¡Nacieron tortugas en Güibia!

Yalo fue la primera sorprendida. ¿Tortugas en la asquerosa playa de Güibia, en el malecón de Santo Domingo? Buehhh... Lo creo porque lo dice una de mis secretarías “favoritas”: Medio Ambiente.
Ellos monitorearon el nido. Nacieron 111 tortuguitas carey de 144 huevos incubados en las arenas amarillas.
“Técnicos de la Subsecretaría de Recursos Costeros y Marinos de SEMARENA, en colaboración con la Policía Municipal del Ayuntamiento del Distrito Nacional (ADN), vigilaban el nido desde agosto hasta octubre”, dice una nota enviada a los medios.
No se tienen registros oficiales de la última vez que alguna anidó en el lugar.
Según la bióloga Antonia Marte Cabrera, técnica de la institución, este año se han contabilizado entre 40 y 50 nidos en playas de todo el litoral dominicano. 
“Algunos anidamientos han sorprendido, por ser en playas muy pobladas, que hacía años que no se producían, como los de tortuga tinglar en Cabarete, Puerto Plata”.
En cada nido las tortugas depositan unos 100 huevos en promedio, dijo.
¿Vieron, Secretaría de Turismo? ¡Hay vida en Güibia! Quién lo iba a decir. Dos millones de capitaleños esperan que la limpien, regeneren y la hagan parecida a lo que era en los años 50 del siglo pasado: el mejor lugar de esparcimiento playero de la Primada y hoy Patrimonio de la Humanidad...

Buen té, excelente café…

O al revés. "Buen café, excelente té".
Don Julio repite estas palabras no sé cuántas veces al día.
Se pasea por El Conde, el parque Colón y las calles de la Ciudad Colonial el día entero anunciando su rica mercancía.  
Es el cafetero ambulante oficial de La Zona y de algunos salones de belleza que lo esperan con ansias después del mediodía, cuando el sopor obliga a buscar en esta bebida la alerta necesaria para seguir en pie.
En esos momentos la voz de don Julio es una bendición. Porque su voz no molesta. Treinta años de experiencia le han convertido en un “marchante” educado, fino. Comenzó con dos termos y ahora lleva seis. Y seguro que es porque no puede cargar más.
Empezó siendo un jovencito porque no pudo seguir estudiando. Vendiendo café y té hizo su casa y mantiene a sus tres hijos. Siempre afable y contento, no le importó posar para Yalo, que cada vez que lo ve y le compra café piensa que si tomara a don Julio como ejemplo no se quejaría tanto de la vida, de lo que estudió, de las experiencias que le ha tocado vivir y de las cosas que aún anhela descubrir.
Lo piensa mientras camina, pero lo olvida todo al llegar al parque Independencia, la condená. Por eso su “depre” es eterna.

Viaje en yola

La timidez no justificada de Yalo le impidió, teniendo frente a frente al jefe de la Marina de Guerra, Julio César Ventura Bayonet, disponible por unas dos horas, hacerle una pregunta que siempre ronda su loca cabecita: Si ella quisiera viajar legalmente en yola a Puerto Rico, con sus papeles y visa en orden, ¿la dejarían zarpar desde cualquier puerto y a la hora que quiera?

Conversación frente a la Catedral

(Basada en hechos reales)

― Pues mira que sí, Cipriana. Yo los vi, con estos ojos que se los tragarán la tierra. Hortensia dice que es mentira, pero es verdad. Te lo juro por mi mamacita, que debe ser una de esas que andan por ahí, porque como entenderás son tantas que, bueno…
―Yo digo que es mentira porque no es verdad que sean tan grandes como ella dice. Y mantengo mi palabra.
Tita comienza a llorar.
― No llores, che. Yo confío en ti, es sólo que, caray, te pasaste. Si se entera el Cardenal…
Tita, sollozando y haciendo pucheros como los bebés, dice:
― Pues… aunque… no lo… creas… es verdad. No son embustes. Entraron todos corriendo por esa puerta que está ahí, como si hubieran hecho algo malo, atropelladamente. Sniff. Hace mucho tiempo que los veo, desde lo alto de ese muro, donde duermo. Lo hacen todas las noches, uno o dos. Pero esta semana fueron más de cinco, grandotes, gordos, asustados, huyendo de algo, y se perdían en la oscuridad. Snif. Yo no soy embustera, usted lo sabe. Defiéndame, comadre. Snif, sniff.
― Yo también los he visto, hermana, pídale disculpas a la Tita.
― Ah, así como que no cuadra. Dos contra una. Yo no he dicho que sea mentira, lo que pongo en duda es que fueran tan grandotes. Ahora bien, si es cierto lo que dice Tita, no me cabe en la cabeza cómo es que logran entrar por esa ranura tan pequeña.
―¡Son demonios, hermana, demonios!
― Bah, ratones nomás, Cipriana. Ratones que adoran “orar” en la Catedral.

PD: Yalo, única testigo de los hechos, atestigua que es cierto lo que dice Tita. Bien grandotes.

Juan Campusano y su idilio con el golf

Apenas tenía ocho años cuando Juan -Manitas- Campusano aceptó el reto de golpear una pelotita de golf. Con el tiempo logró dominarla; 30 años después, esa bolita lo convirtió en el número uno

Por Yaniris López

Le dicen Manita porque nació con un defecto en la mano izquierda al que, por suerte, nunca le hizo caso. Si lo hubiera hecho, se habría perdido la oportunidad de participar en su primer torneo de caddie a la edad de 9 años. No ganó, pero se mantuvo en la competencia. ¿Cuánto tiempo hace de eso? Treinta y algo, dice. Para entonces ya tenía un tiempecito trabajando y tanteando el área: comenzó como bolero en la cancha de tenis del Santo Domingo Country Club y luego como recogedor de bolas en el campo de golf del mismo lugar. ¿Socio? Nada que ver. Se trataba, y aún se trata, del club más exclusivo de la ciudad. Su papá era empleado del club –por 48 años- y lo dejaba ayudar y corretear por los alrededores. Así fue conociendo todos los secretos de ambos deportes.
Entre el tenis y el golf, se decidió por el más lento y aburrido. Pero estas últimas palabras no deben decirse muy alto delante de Juan, que, sin perder la calma y sin dejar de ser amable responde: “El que cogió un palo de golf e hizo un swing no lo deja. Este es el deporte que atrae a todos los jugadores. La gente dice que es un deporte tonto, pendejo, pero no es pendejo nada. El que lo practica y empezó a darle a la bola cree que es inofensiva y que se la va a comer, pero después quiere seguirle dando, porque esa bolita te desafía”.
Le gustó mucho el desafío de esa pelotita y se tomó la cosa tan en serio que pocas personas han logrado escalar tan rápido los escalafones de este deporte como él.

Los primeros años
“Comencé como caddie, la persona que carga el equipo de palos a los jugadores. Es como un instructor que le ayuda, le da la caída y le recomienda los movimientos”, recuerda. En el golf, afirma, “el caddie sabe tanto o más que un jugador, y en un torneo recibe tanta presión como el jugador”.
Para entender cuán bueno es Juan Campusano hay que hablar de su primer torneo con 18 de handicap. Como sabe que no todo el mundo entiende el término intenta explicarlo. “Cómo te digo. Es la ventaja que el campo le da al jugador”, dice. Ni idea. Intentó explicarlo de nuevo. “Tengo 18 de handicap, para 72, tengo que tirar 90 palos para poder competir, si yo tiro noventa con los 18 de handicap esa es la ventaja que me va dando el campo”. No importa, luego buscaremos esos términos en internet.
“Lo emocionante de todo es que cada vez que pasaba un torneo muy seguido significaba bajar mi handicap. Bajé a 18, a 12, luego a 9, luego a 6, de 6 a 4, de 4 a 2 y luego a cero”.
Los analfabetos golfísticos se preguntarán si eso es bueno o es malo. “Eso es muy bueno”, goza Campusano. “Cuando baja el handicap es porque eres muy bueno y estás jugando muy superior a lo que tienes”.
La ventaja de su aprendizaje es que siempre ha competido con gente que sabe jugar bien. “Hubo una época, en los noventa, en que se cuestionó si los mejores jugadores que había en el país eran los caddies. En esa época el golf estaba duro. Nosotros teníamos un grupo de caddies que salíamos al campo y no tirábamos más de 75 palos. Nuestra competencia era Juan Martínez, el mejor del grupo”.
Lo suyo fue así, rápido, aunque hace apenas unos años, desde el 2001, que forma parte de la Federación Dominicana de Golf y participa en sus torneos.
Para esta época Juan reserva el apartado de los agradecimientos, en el que figuran don Antonio Rodríguez Echavarría –con el torneo que organizaba todos los años para los caddies- y los directivos del Santo Domingo Country Club. Ellos le motivaron para que se inscribiera en la Federación y compitiera. Cuando lo hizo, un amigo que se llama Cheo dijo que le daba seis meses para que, si no se convertía en el número 1, por lo menos fuera el dos.
Ya es el número 1 del nivel superior y en su casa cuenta con más de cien trofeos.
Vaya, el número uno, Juan.
“Eso dicen”, responde.
Es que no hay forma de desligar los méritos de Campusano con la fama de “deporte élite” que tiene el golf. Ese es su gran mérito: rompió barreras, logró imponer y mantener su talento e hizo del golf un deporte “sin exclusión”.
Él lo admite. “Estoy aquí por las facilidades que me han dado muchos golfistas amigos, que me han metido la mano. El equipo no es caro, pero una persona pobre no puede disponer de 50 mil pesos para hacerse con un equipo de palos. Es verdad que duran 20 años, pero un pobre de repente no puede contar con una cantidad tan grande”.
Con relación a la selección nacional de golf, asegura que tiene una debilidad: las prácticas. “Tenemos que practicar mucho, no dejarlo para cuando se acerque un torneo”.
¿Practicar, Juan? No parece que este deporte amerite muchas prácticas. “Hay que practicarlo. Los profesionales te tiran 500 y 1,000 bolas practicando a diario. Terminan de jugar y se mandan a un driving ranch a tirar bolas. Yo practico antes, porque cuando uno termina de jugar nadie me hace tirar bolas con ese estropeo”.
¿Estropeo, Juan? ¿Cómo puede estropear el golf?
“Sí”, dice. “Una ronda suele durar cuatro horas”.
¡Uff!

Foto: Francis Guerrero/Listín Diario

Nada de cemento en Mano Juan

La Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARENA) inició la demolición de dos infraestructuras en proceso de construcción en el poblado Mano Juan, isla Saona, parte del Parque Nacional del Este, informó la institución.
Un equipo integrado por técnicos y abogados de la Subsecretaría de Áreas Protegidas y miembros de la Policía Ambiental iniciaron el desmantelamiento de las construcciones, una propiedad de Eddy De la Cruz y otra de Eddy Quiñones.
Las construcciones de este tipo en Saona violan los artículos 174 y 175 de la Ley 64-00, de Medio Ambiente y Recursos Naturales, así como el artículo 33 de la Ley 202-04, de Áreas Protegidas, y el artículo 13 (incisos 18, 21 y 23) de la Ley 67-74, de Parques Nacionales.
Ambos propietarios admitieron que levantaron las construcciones sin autorización ni consulta con la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales, y alegaron que desconocían que necesitaban solicitar permisos o estudios de impacto ambiental.
La Secretaría de Estado de Medio Ambiente y Recursos Naturales hizo un llamado a la ciudadanía y al empresariado a respetar las leyes y cumplir con los procedimientos y especificaciones de las autorizaciones de la institución para evitar pérdidas en sus inversiones. Las demoliciones se realizan con apego estricto a los lineamientos del Código Procesal Penal, dice Semarena.

Fotos: Semarena
PD de Yalo: Ojalá hicieran lo mismo en todas las áreas que se irrespetan en el país, ¡acciones mucho más perjudiciales que acampar en Bahía, m...!