En la casa de Juan Trinidad

Era el loco de la casa. El que prefirió dedicarse a tallar la madera con una cuchara antes que convertirse en sacerdote. Y aquí está. Sus robles tallados le dan la vuelta al mundo. Los rostros que nacen de la madera que trabaja en la parte trasera de su casa lo han convertido en uno de los escultores más talentosos y reconocidos del país. Y él como que no se da cuenta. Su humildad trasciende todo tipo de orgullo desmedido y engreimiento.
Su casa es como él
. Como un artista que respeta y colecciona el arte de otros artistas. Repleta de antigüedades porque tienen su valor. Repleta de afecto familiar. De formas.
Cuando Virgi le preguntó a Juan Trinidad si primero concebía la escultura en su mente antes de empezar a trabajar, él le confesó un secreto: no es necesario hacerlo porque en cada tronco se esconde una figura en sí misma que él simplemente ayuda a emerger. La madera le habla. El le da la forma que tiene por dentro. Por eso cada pieza es distinta y ninguna comparte su madera con otra. Y por eso él deja parte de su corazón en cada pieza que trabaja porque, dice, es algo así como una relación de amor. La misma relación de amor que vive junto a Wendy, Leonor, WendyLiana, Clifford y miles de amigos que visitan su patio en la entrada de una cada vez más pujante, hermosa y prometedora San Francisco de Macorís.


Así crece la piña

Ella. Tan intelectual. La chica de tres maestrías y 13 viajes alrededor del mundo. La belleza del barrio. Modelo de los anuncios. Presidenta del curso en el bachillerato. Dirigente estudiantil en la universidad. La novia del chico más guapo del colegio. Jugadora de tenis. Cinta negra en Tae-kwon-do. Fanática del Gold Gym, de Sabina y de Tolstoi. La citadina. La cara linda. La futura presidenta –¿por qué no?- del país.
Ella pensaba que la piña crecía debajo de la tierra. Como las zanahorias. Como la batata. Como el ñame. Como la cebolla. Tremendo susto se llevó hace unas horas cuando descubrió la verdad. Y como Yalo no quiere que ninguno de sus amigos monteros pase este tipo de vergüenza, aquí les deja con una mata de piña. Y no cualquier mata.
Esta nació y creció en Sabana Grande de Boyá, en la provincia Monte Plata, cerquita de un manantial y rodeada del cariño del dueño de Rancho Alto. Salve.

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P.D.: Es una joda. Yalo no le echa en cara a nadie que no sepa cómo crece una mata de piña. Total, ella nunca ha visto una de nuez moscada y como quiera se la da muchísimo…

Convivencia en armonía

La foto muestra una finca en Mao, provincia Valverde, en la que crecen en perfecta armonía plátanos y yuca, mientras hermosas hileras de trinitarias amortiguan el polvo y el viento que llega de la carretera. La finca pertenece a uno de los pequeños productores de Bananos Ecológicos de la Línea Noroeste (Banelino), que exporta actualmente 14 mil cajas de banano orgánico semanales, muchas más -45 mil- si Olga y Noel no hubieran hecho de las suyas. En otras fincas de Banelino, los bananos comparten el suelo con maní forrajero y otras plantas e hileras de limones. Esta técnica se conoce como siembra con cobertura y, entre sus muchos beneficios, “evita que crezcan otras hierbas y que el suelo se erosione con las lluvias, mantiene la humedad y crea un espacio para que proliferen insectos que controlan las plagas”. Gustavo Gandini, ingeniero agrónomo del Banelino, dice que “lo más importante es que en la raíz de esa planta (el maní) se fija una bacteria que le aporta 250 kilogramos de nitrógeno por hectárea por año al suelo, que es lo que necesita el banano”. Y dan fotos lindas, dice Yalo. De eso no hay dudas.

San José de Ocoa


A ti
(Criolla de Arturo Pellerano Castro)


(...) Yo quisiera, mi vida,
ser burro, ser burro de carga...
Desde el día que en el cierro del monte,
cogida la falda
el arroyo al cruzar, me dijiste
sonriendo: ¿me pasas?...
y tus brazos ciñeron mi cuello,
y al pasarte sentí muchas ganas,
de que fuera muy ancho el arroyo,
de que fueran muy hondas sus aguas...
desde el día que te cuento, trigueña,
¡yo quisiera ser burro de carga!...



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A los monteros de San José de Ocoa que hace tiempo pedían imágenes de sus tierras.
Fotos: Yalo

El Coco Boutique (Hoteles de La Zona)

Próximo a la esquina donde comienza la calle Arzobispo Portes, entre la Isabel La Católíca y Las Damas y frente a la plaza Pellerano Castro -uno de los refugios mejor guardados de la Zona Colonial-, se encuentra el Coco Boutique. De apenas cuatro habitaciones, no tiene nada que envidiarle a un gran hotel. Cada rincón del casón de dos plantas invita al descanso, a sentarse en los sillones a leer o ver el mar desde un ventanal. Es el más acogedor de todos los hoteles de La Zona porque esa familiaridad que irradia sólo se encuentra en casa. De hecho, esas son las pretensiones de sus administradores, Eduardo y Elizabeth: ser un pequeño hotel familiar donde tomarse un trago o preparar una parrillada en la más romántica de las azoteas sirva para calmar el espíritu y llenar el alma a plenitud. Aunque abrió hace apenas tres meses y medio, de los 63 hoteles de Santo Domingo registrados en la famosa página TripAdvisor, el Coco Boutique ocupa el puesto número dos en la preferencia de los usuarios votantes. Aquí algunas fotos:

Una boda y "Pico"


En lugar de una iglesia, la montaña; en lugar de un techo de cemento, la bóveda azul del cielo; en vez de un coche esperando, una burra con latas en su cola y, en vez de cortinas de tela, el paisaje que corona el punto más alto del Caribe. Así son las bodas de altura

Yaniris López

Los astros se alinearon y convencieron al Altísimo para que las vidas de Catherine Kelner y Carlos Abreu chocaran y se enredaran. Él, amante de los deportes extremos; ella, con alma aventurera. La mamá de ella y la tía de él figuran entre las primeras mujeres que subieron el pico más alto de las Antillas, en los 70. Catherine, dicen sus padres, fue concebida en el pico Duarte; Carlos ha alcanzado su cima en 28 ocasiones. Allí se conocieron en 1994. Era la primera vez de ella y la veinte y tantas de él. El encuentro pasó sin pena ni gloria. Seis años más tarde se encontraron de nuevo, subiendo la Loma del Arrepentimiento, camino al pico Duarte. Esa vez la ley de la atracción hizo su trabajo.

Así que no es de extrañar que años más tarde, siendo novios, ambos decidieran celebrar su boda civil allá arriba, donde todo comenzó. El grito inicial de “¡muchacha, te estás volviendo loca!” no espantó a nadie. Al contrario, ilusionó a los invitados. La llamaron “Una boda y pico”, los bultos del viaje fueron los souvenirs, “uniformaron” a los guías y prepararon un menú especial en el que no faltarían el sancocho y los puercos en puya.

Los torrenciales aguaceros caídos en el país, sin embargo, amenazaban con arruinar el enlace.

“Después de meses de lluvia, seguía cayendo agua en el Cibao. Nos fuimos lloviendo y ya teníamos un plan B en caso de que no se diera la boda”, nos cuentan entre risas. Se ríen porque esos días, 17, 18, 19 y 20 de noviembre de 2005, no cayó una gota de lluvia. “El agua paró, salió el sol y no hubo nubes en el cielo hasta el día después que bajamos, que siguieron las lluvias”, recuerdan.

Algunos en mulos, cinco en helicópteros y el resto a pie, los invitados llegaron a una boda que tuvo lugar 3,087 metros sobre el nivel del mar. Porque la boda de Catherine y Carlos fue planificada como una gran excursión en la que participaron 47 personas y los guías de La Ciénaga de Manabao, en Jarabacoa. Llegar al valle de Lilís, en la falta del Pico, y ver cómo se cambiaban la ropa por prendas blancas, se maquillaban las mujeres y afeitaban los hombres, fue uno de los momentos más emocionantes para los novios.

Todos fueron cómplices, incluyendo el sacerdote que subió con ellos y dos semanas después los casaba por la iglesia en Santiago. Muchos detalles, además, surgieron de la manera más espontánea: el bouquet de florecillas silvestres que preparó la tía Ana en lo que llegaba “el de verdad”, que venía en el helicóptero; la marcha nupcial que improvisó Johan con la armónica de Carlos, porque la violinista en agenda no pudo asistir; los pétalos de rosas, el arroz, las burbujas y los cheles que sirvieron de arras.

“Lo planeamos todo pero nunca pensamos que se daría de esa forma. La jueza manejó todo con tanta delicadeza que no pareció una simple boda civil. El Padre nos bendijo y muchos renovaron sus votos. Después la gente comenzó a llorar, yo no me aguanté, Carlos tampoco, y ya sabes, al rato todos llorando”.

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Publicado en Listín Diario
Agosto 5, 2007

República Dominicana al extremo

Yaniris López

El tamaño no importa. Con apenas 48,442 kilómetros cuadrados, República Dominicana tiene terreno y agua suficientes para ofrecer experiencias turísticas extremas que elevan el espíritu explorador y le dan, muchas veces, sentido a la vida. Bajo tierra, en el aire, en el mar, en cualquier rincón aparece el espacio adecuado que provoca darle un respiro a la vida citadina, al sedentarismo y a la inanición: caminatas, escaladas, buceo, rafting, montañismo, rappel, jeeping, parapente, canyoning o kiteboarding. Hoy ubicamos esos lugares de ensueño que nos obligarán a sacarle partido a un país repleto de opciones riesgosas y atrevidas.

Retando la naturaleza
Si subir los tres mil 87 metros del pico Duarte o alcanzar el valle del Tetero resulta demasiado para los menos arriesgados, hay otras opciones parecidas que hacen del montañismo y el senderismo experiencias únicas de las que los exploradores regresan siendo mejores personas; o con pique, siempre depende. La montaña la 80, en Constanza, la Loma Quita Espuela, en la provincia Duarte, Las Laderas del Hoyo de Pelempito en la Sierra de Bahoruco y la espalda de El Morro, en Montecristi, cansan a cualquiera y retan el cuerpo a subir hasta el cielo.

Para el senderismo o caminata, los expertos en ecoturismo recomiendan los caminos de Jarabacoa y San José de Ocoa para quienes los prefieren un poco empinados y los de la isla Saona para los que sólo quieran caminar y caminar rectamente entre verdes arbustos, cangrejos rojos y negras lauras que vigilan la isla del Parque Nacional del Este. En los últimos años, los paisajes casi inexplorados del centro de la región este atraen cada vez más visitantes de a pie, especialmente hacia la provincia de El Seibo.

PARA RETAR LA GRAVEDAD
La escalada sobre roca dejó de ser una moda. Es el pasatiempo deportivo de muchos jóvenes que consideran que retar la gravedad les llena de vida. Las mejores rutas para escalar, sugieren, son las escarpadas montañas de playa Frontón, en Samaná; un lugar conocido como Conde de Mana en San Cristóbal y el parque Mirador Sur en Santo Domingo, ideal para los que se inician en esta aventura.El rappel, el descenso de montañas o paredes verticales usando cables, cascos y arnés, tiene en los alrededores de Rancho Baiguate, en Jarabacoa, sus mejores escenarios. Los más valientes retan el agua y las paredes resbaladizas de los Saltos del Limón y Jimenoa, cosa no recomendada para los principiantes.

El canyoning entre riscos con desniveles también se practica en la zona de Jarabacoa, donde Rancho Baiguate ha construido una especie de santuario para la práctica de casi todos los deportes extremos de montaña y otros menos riesgosos.

BAJO TIERRA
Más de 400 cuevas exploradas con arte rupestre, formaciones rocosas e invitados especiales (culebras, murciélagos y otros animales) repartidas por todo el territorio nacional indican que la vida, bajo tierra, no es tan callada o aburrida. Para explorar, los turistas sienten cierta fascinación por las cuevas del Parque Nacional de Los Haitises, de impresionante belleza y legado cultural, y por la cueva de Las Maravillas. Pero si de extremos se trata, la aventura recomendada es una visita a la cueva de Fun-Fun, en Hato Mayor, porque su exploración incluye un entrenamiento especial para descender 20 metros hasta su interior haciendo rappel hasta sumergirse en un río subterráneo. Menos arriesgado pero igual de fascinante es caminar y chapotear en las aguas del río Damajagua, en Puerto Plata, aguas que se reparten 27 charcos en una gigantesca caverna que se formó en el lugar debido a una falla geológica.


SOBRE EL AGUA
El parapente se practica en zonas tan disímiles como los desérticos parajes del valle de Neiba (aquí se celebró la pre-copa del mundo en el 2004), y otros puntos verdes de la margen sur de la cordillera Central, entre ellos Constanza, Jarabacoa y San Juan de la Maguana.

El kiteboarding,
el último de los deportes acuáticos que se practican en el país, ha devuelto a Cabarete, en Puerto Plata, parte del esplendor que había perdido el primer polo turístico del país. De hecho, Cabarete está considerado como el mejor del mundo para practicar esta técnica que combina el vuelo de los cometas y el deslizamiento en el mar sobre una tabla con increíbles piruetas en el aire.

Los kitesurfers dominicanos, figuras estelares del deporte, practican en la playa de Kitebeach. La misma emoción acuática, pero en un río, la ofrece el rafting, en la cordillera Central, a bordo de balsas que sortean, por unos ocho kilómetros, las todavía embravecidas aguas del Yaque del Norte.

BAJO EL AGUA
El buceo deportivo y el snorkelling se practican en muchos puntos de la costa dominicana. La Caleta en Santo Domingo, las playas cercanas al Morro, en Montecristi, la terraza marina del Parque Mirador del Este por los lados de la Saona, Samaná y los alrededores del montículo coralino de Cayo Arena son las mejores zonas para los que todavía no aspiran a conquistar las profundidades del mar.

MÁS
- Samaná ofrece uno de los mejores circuitos de cabalgata del país en el área de Las Terrenas y sus alrededores: 20 kilómetros a caballo recorriendo playas exóticas, caminos montañosos y pintorescos campitos para acabar con un chapuzón bajo los 45 metros del Salto del Limón.

- Más abajo, en el este, uno de los lugares de moda para hacer piruetas y coger lodo en vehículos 4 x 4 es la comunidad de Benerito, en La Romana, y los cientos de kilómetros de playa y bosques de Miches, al norte de la provincia de El Seibo.

- El jeeping se puede practicar en cualquier lado, pero las agencias de viaje que los organizan prefieren el centro del país y Samaná.

Yo vivo en la capital

¿Que el interior de mi casa es una guagua de Onatrate en un barrio tan pobre y apartado que no aparece en el mapa de la ciudad? ¿Que no tiene baño y las divisiones están hechas de cartones y "playwood"? ¿Que las ventanas no se abren y el piso es de metal? ¿Que hay un matadero cerca y la calle es tan estrecha que los carros se turnan al pasar? ¿Que se filtra el agua cuando llueve y está tan destartalada que apenas se sostiene en pie? ¡Eso qué importa, mano! ¡Pero vivo en la capital!

PD: Francisco trajo la guagua hace más de 20 años a un área cerca de Los Tres Brazos cuando la zona estaba deshabitada. Quería convertirla en un taller de repuestos y así lo hizo pero al principio tuvo que hospedarse allí. Ahora habla con orgullo de su oficina. Incluso cuando vivía dentro dice que se sentía más seguro que en una casa de madera. El nos permitió fotografiar su interior.

Parada 77 (Monumento al ego 12)

La Noda –Nodalia Arias- se escapó de Brasil por unos días y había que celebrarlo. ¿Dónde? La respuesta sobra. El bar de la Isabel La Católica que por años fue algo así como una sucursal – o cuarto- de su casa la recibió con los brazos abiertos. Sus amigos también. Abrazos, saltos de alegría, fotos.... Parada no es Parada sin la Noda. No luce igual. A la misma Zona Colonial le ha costado un tiempo hacerse la idea de que se fue a vivir a Sao Paulo y la dejó sin su risa franca, sin su entusiasmo contagioso, sin esa chispa que no conoce de adversidades.
Y así como llegó se marchó, dejándonos huérfanos de su alegría.
Vuelve pronto, Noda. Santo Domingo no es el mismo sin ti…

En la imagen: Yalo, Francis, Noda y María.
Foto: Yenny Lovera

Yo no quiero viajar


Por Santiago Tejedor*

Yo no quiero viajar si el viaje se hace para luego decir simplemente:“Estuve allí”. Yo no quiero viajar con “esas” ONG solidarias que cobran a los cooperantes (y que, a fin de cuentas, poco cooperan...). Yo no quiero viajar en esos viajes donde todo se observa desde la distancia y a través de la ventana de un autobús. Yo no quiero viajar a paradisíacos y amurallados resorts que construyen oasis artificiales de falsa opulencia en países (tan) míseros (como llenos de riqueza). Yo no quiero viajar en excursiones organizadas donde todo está previsto (incluso, lo imprevisto). Yo no quiero viajar en la piel de ese “falso explorador” que se entromete en los barrios, en las casas, en las vidas de los más débiles, pobres e indefensos. Yo no quiero viajar para creerme un entendido, un experto, un erudito. Yo no quiero viajar sabiendo (o creyendo saber) todo sobre el destino escogido. Yo no quiero viajar desconociendo totalmente el lugar al que me dirijo. Yo no quiero viajar para enseñar. Yo no quiero viajar para “estar”. Yo no quiero viajar para “ir”...
Yo quiero viajar en esos viajes que dejan huella (a veces, dulce; muchas otras veces, amarga). Yo quiero viajar aunque se pierda mi maleta. Yo quiero viajar para aprender (y, especialmente, para desaprender). Yo quiero viajar en esos viajes que empiezan con tanta ilusión (y terminan con tanta melancolía...). Yo quiero viajar para ver, para escuchar, para sentir... Yo quiero viajar al pasado, al futuro y, por encima de todo, quiero viajar al presente. Yo quiero viajar para perderme. Yo quiero viajar para encontrarme (y encontrarte). Yo quiero viajar buscando respuestas (y regresar cargado de preguntas). Yo quiero viajar solo. Yo quiero viajar acompañado. Yo quiero viajar contigo. Yo quiero viajar para “ser”. Yo quiero viajar para que “ir” signifique “volver”.

* Publicado en Tu Aventura
Santiago Tejedor dirige este proyecto de ciberperiodismo de viajes que desde marzo del 2007 le da otro significado -más humano, real y perecedero - al verbo viajar...
Foto: Tu Aventura. ST en un bazar