Buscar en el blog

Mostrando entradas con la etiqueta El Morro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El Morro. Mostrar todas las entradas

28/5/15

El otro “Morro”


Desde la carretera que comunica Sabana Mula (Elías Piña) con Las Matas de Farfán y esta con San Juan de la Maguana (San Juan) se ve la silueta de una montaña que comparte con el morro de Montecristi no solo la forma, sino el nombre. Sí, se llama también El Morro y, si se fijan, parecen mellizos. Las diferencias, por supuesto, saltan a la vista una vez comienzan las comparaciones: el primero termina besando el Atlántico, en la playa; el segundo sale del monte y se interna en una sabana. El primero luce gris, debido a las plantas de clima seco que lo visten y coronan; el segundo está envuelto en el verde más intenso de un Sur que muchos solo asocian con polvo y sequía. El primero pertenece geopolíticamente al Cibao; el otro, al Suroeste. Ah, pero ambos están al oeste de RD: uno al norte y otro al centro, y, venga, sí, de verdad se parecen... (claro, ver la definición de morro en la RAE).
-----
P.D.: Quizá el del Sur no sea un dromedario dormido, como el de Montecristi. Tal vez sea un burro, un caballo o una vaca…

El Morro de Montecristi
El Morro del Sur

24/4/11

Sobre la espalda del dromedario dormido

La autopista, la más larga del país, atraviesa el cuello del animal y termina en una playa que sirve de límite a su cabeza, frente a una roca con forma de zapato que parece flotar sobre las aguas. A la derecha, escalones de madera sortean pequeños abismos y llevan al viajero hasta su vientre o hasta su espalda, según lo quieran ver los ojos, en un recorrido de 45 minutos que se alarga infinitamente porque el cuerpo se resiste a abandonar uno de los paisajes más inspiradores del Atlántico dominicano.

-----
Yaniris López
-----
En el extremo noroeste dominicano, San Fernando de Montecristi recibe con un abrasante sol a los que llegan de lejos a contemplar la imagen que identifica a la ciudad: un largo reloj de cuerdas fabricado en Francia y traído al país en 1895 que nunca ha dejado de marcar las horas. Está ubicado en el centro del parque Duarte, con las patas haciendo de glorieta.
La gente también se acerca a ver las casas centenarias que quedan por ahí, vestigio de tiempos mejores cuando el puerto de la provincia era el más importante del país y la gloria de la lucha por la Independencia y la Guerra de Restauración perseguía a sus valientes ciudadanos.

De paso visitan su enorme salina, se bañan en sus playas de arenas rojas y amarillas, admiran sus mangles gigantes, pasean en yate entre los cayos Siete Hermanos, saborean “el mejor chivo guisado del mundo” y hacen una parada en la casa donde se firmó el Manifiesto de Montecristi, un comunicado escrito por el prócer cubano José Martí y también firmado por el dominicano Máximo Gómez que recoge los principios patrióticos que motivaron la independencia cubana.
Si la visita se realiza en tiempos de carnaval o Cuaresma, el sonido de los látigos durante los enfrentamientos entre toros y civiles en las calles sorprende gratamente a los viajeros.
Sin embargo, puede ocurrir que en una visita a Montecristi, a 270 kilómetros de Santo Domingo, algunos de estos atractivos se queden en carpeta.
Cualquiera menos uno: contemplar de cerca o de lejos el dromedario echado que vigila soñoliento –¿o estará dormido?– el paisaje de verdes claros, playas de arenas oscuras y aguas azules que rodea su enorme cuerpo.
Es El Morro, la mayor atracción no sólo de la más noroccidental de las provincias dominicanas sino del Parque Nacional de Montecristi, que entre tierra y agua abarca 550 kilómetros cuadrados del litoral norte.

De cerca
Contemplarlo. Eso es lo que hace un visitante normal. Un viajero de verdad no se conforma con la contemplación ni con las fotos. Necesita conquistar ese vientre –o espalda- que no alcanza los 300 metros y que llamó tanto la atención de Cristóbal Colón, el primer europeo en notar su existencia hacia 1503, según su diario de navegación.
Para subir no es necesario abrirse paso entre la maleza. Las autoridades de Medio Ambiente construyeron hace seis años una escalera de madera que lleva hasta la cima y, aunque parece muy inclinada y en algunos tramos las tablas desaparecen, el trayecto es fácil de recorrer.
Nadie, en todo caso, le da importancia a los peldaños artificiales. Las paradas se hacen obligatorias para observar esa línea del Atlántico que aparece rodeando el Morro de un azul intenso y quieto. La subida de 45 minutos, entonces, corre el riesgo de hacerse eterna. Debe ser que, como le ocurrió a la mujer de Lot, la tentación impide esperar llegar a la cima para contemplar el paisaje en todo su esplendor.
La primera –y tal vez única– sorpresa es que El Morro no es tan marrón como se ve de lejos, como si se tratara de una montaña pelada. La vegetación, compuesta mayormente de cambrones, aroma y salvia en las laderas, es tupida en la cima, albergando otras especies endémicas de la zona.

Explorar
Arriba no hay mucho que hacer, salvo explorar los alrededores y contemplar el océano. ¡Pero cuánto llena hacer lo que parece tan poquito! Eso y respirar hondo. Atrapar la humedad. Retar el viento. Dejarse llevar. Tomar fotos. Observar las plantas. Tocar un maguey. Vivir. Y luego bajar sintiendo que algo muy grande ocurrió allá arriba. Algo memorable, así no sepamos explicarlo.
Subir El Morro no es la mayor experiencia ecoturística ni la más excitante y, sin embargo, los paisajes que se suceden desde la mañana hasta el atardecer parecen exclusivos de su entorno. La luna que se deja ver en un costado a pleno día. La luz del sol llenando de amarillo todo. Los colores brillantes de los hoteles en la falda. El blanco de la sal que “se cosecha” en las salinas. Y un espectáculo final para coronar el día y bendecir la noche: el sol dejándose atravesar por delgadas nubes que parecen atajarlo para que no se vaya, para que alargue las horas. Suplicándole que no deje de brillar...

----
Abril, 2008

15/5/08

República Dominicana al extremo

Yaniris López

El tamaño no importa. Con apenas 48,442 kilómetros cuadrados, República Dominicana tiene terreno y agua suficientes para ofrecer experiencias turísticas extremas que elevan el espíritu explorador y le dan, muchas veces, sentido a la vida. Bajo tierra, en el aire, en el mar, en cualquier rincón aparece el espacio adecuado que provoca darle un respiro a la vida citadina, al sedentarismo y a la inanición: caminatas, escaladas, buceo, rafting, montañismo, rappel, jeeping, parapente, canyoning o kiteboarding. Hoy ubicamos esos lugares de ensueño que nos obligarán a sacarle partido a un país repleto de opciones riesgosas y atrevidas.

Retando la naturaleza
Si subir los tres mil 87 metros del pico Duarte o alcanzar el valle del Tetero resulta demasiado para los menos arriesgados, hay otras opciones parecidas que hacen del montañismo y el senderismo experiencias únicas de las que los exploradores regresan siendo mejores personas; o con pique, siempre depende. La montaña la 80, en Constanza, la Loma Quita Espuela, en la provincia Duarte, Las Laderas del Hoyo de Pelempito en la Sierra de Bahoruco y la espalda de El Morro, en Montecristi, cansan a cualquiera y retan el cuerpo a subir hasta el cielo.

Para el senderismo o caminata, los expertos en ecoturismo recomiendan los caminos de Jarabacoa y San José de Ocoa para quienes los prefieren un poco empinados y los de la isla Saona para los que sólo quieran caminar y caminar rectamente entre verdes arbustos, cangrejos rojos y negras lauras que vigilan la isla del Parque Nacional del Este. En los últimos años, los paisajes casi inexplorados del centro de la región este atraen cada vez más visitantes de a pie, especialmente hacia la provincia de El Seibo.

PARA RETAR LA GRAVEDAD
La escalada sobre roca dejó de ser una moda. Es el pasatiempo deportivo de muchos jóvenes que consideran que retar la gravedad les llena de vida. Las mejores rutas para escalar, sugieren, son las escarpadas montañas de playa Frontón, en Samaná; un lugar conocido como Conde de Mana en San Cristóbal y el parque Mirador Sur en Santo Domingo, ideal para los que se inician en esta aventura.El rappel, el descenso de montañas o paredes verticales usando cables, cascos y arnés, tiene en los alrededores de Rancho Baiguate, en Jarabacoa, sus mejores escenarios. Los más valientes retan el agua y las paredes resbaladizas de los Saltos del Limón y Jimenoa, cosa no recomendada para los principiantes.

El canyoning entre riscos con desniveles también se practica en la zona de Jarabacoa, donde Rancho Baiguate ha construido una especie de santuario para la práctica de casi todos los deportes extremos de montaña y otros menos riesgosos.

BAJO TIERRA
Más de 400 cuevas exploradas con arte rupestre, formaciones rocosas e invitados especiales (culebras, murciélagos y otros animales) repartidas por todo el territorio nacional indican que la vida, bajo tierra, no es tan callada o aburrida. Para explorar, los turistas sienten cierta fascinación por las cuevas del Parque Nacional de Los Haitises, de impresionante belleza y legado cultural, y por la cueva de Las Maravillas. Pero si de extremos se trata, la aventura recomendada es una visita a la cueva de Fun-Fun, en Hato Mayor, porque su exploración incluye un entrenamiento especial para descender 20 metros hasta su interior haciendo rappel hasta sumergirse en un río subterráneo. Menos arriesgado pero igual de fascinante es caminar y chapotear en las aguas del río Damajagua, en Puerto Plata, aguas que se reparten 27 charcos en una gigantesca caverna que se formó en el lugar debido a una falla geológica.


SOBRE EL AGUA
El parapente se practica en zonas tan disímiles como los desérticos parajes del valle de Neiba (aquí se celebró la pre-copa del mundo en el 2004), y otros puntos verdes de la margen sur de la cordillera Central, entre ellos Constanza, Jarabacoa y San Juan de la Maguana.

El kiteboarding,
el último de los deportes acuáticos que se practican en el país, ha devuelto a Cabarete, en Puerto Plata, parte del esplendor que había perdido el primer polo turístico del país. De hecho, Cabarete está considerado como el mejor del mundo para practicar esta técnica que combina el vuelo de los cometas y el deslizamiento en el mar sobre una tabla con increíbles piruetas en el aire.

Los kitesurfers dominicanos, figuras estelares del deporte, practican en la playa de Kitebeach. La misma emoción acuática, pero en un río, la ofrece el rafting, en la cordillera Central, a bordo de balsas que sortean, por unos ocho kilómetros, las todavía embravecidas aguas del Yaque del Norte.

BAJO EL AGUA
El buceo deportivo y el snorkelling se practican en muchos puntos de la costa dominicana. La Caleta en Santo Domingo, las playas cercanas al Morro, en Montecristi, la terraza marina del Parque Mirador del Este por los lados de la Saona, Samaná y los alrededores del montículo coralino de Cayo Arena son las mejores zonas para los que todavía no aspiran a conquistar las profundidades del mar.

MÁS
- Samaná ofrece uno de los mejores circuitos de cabalgata del país en el área de Las Terrenas y sus alrededores: 20 kilómetros a caballo recorriendo playas exóticas, caminos montañosos y pintorescos campitos para acabar con un chapuzón bajo los 45 metros del Salto del Limón.

- Más abajo, en el este, uno de los lugares de moda para hacer piruetas y coger lodo en vehículos 4 x 4 es la comunidad de Benerito, en La Romana, y los cientos de kilómetros de playa y bosques de Miches, al norte de la provincia de El Seibo.

- El jeeping se puede practicar en cualquier lado, pero las agencias de viaje que los organizan prefieren el centro del país y Samaná.

10/3/08

Fue entonces cuando el sol se partió en dos…

Para recuperar el esplendor del que gozaba hace más de cien años, cuando sus puertos eran los más importantes del país y el dromedario dormido uno de los monumentos naturales más visitados, la provincia deseó que algo sobrenatural pasara. Querían superar los años que siguieron a la llegada del patricio por Manzanillo y a las luchas por la Restauración, cuando después de tanta gloria el norte dejó de ser fructífero y las inversiones se trasladaron a la capital; cuando, para justificar la huida, se dijo que el noroeste ya no era más que cambrones, guazábaras y chivos con sabor a orégano. Montecristi le pidió –a alguien allá arriba- que le devolviera parte de aquella riqueza histórica y natural que hacía sentirse orgullosos a los “linieros”: algo más ecológico que su flamante reloj centenario, algo más atractivo que su enorme salina, menos agotador que subir las escaleras de madera que llevan al Morro, más encantador que las arenas amarillas de sus playas y sus mangles gigantes y más duradero que la villa de Doña Elisa. Algo tan sublime que valiera la pena recorrer más de 300 kilómetros para verlo, y tan sobrenatural que sólo la naturaleza dispusiera de su belleza. Y fue entonces cuando el sol se partió en dos… Y así se deja ver en los meses de invierno cada vez que, pasadas las cinco de la tarde, una delgada nube se cruza en su camino y sus rayos se dispersan llenando la bahía de hermosos tonos naranja y rosa, trayendo de vuelta aquel esplendor que una vez hizo única y especial aquella línea del Atlántico… ----- P.D.: A veces, incluso, se parte en tres…