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8/4/13

Playa Caletón


Es en Caletón donde generalmente termina el tour que lleva a los viajeros a recorrer la Costa Verde

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Ni siquiera las extrañas cabezas de indios que sobresalen en su costado derecho le quitan una pizca de magia a playa Caletón.
Pequeñita y con forma de media luna, una tupida vegetación la protege de las miradas de los que transitan por la carretera Cabrera-Río San Juan, al oeste de la provincia María Trinidad Sánchez (ver mapa). Tan cerquita de la vía se encuentra que es una de las playas de más fácil acceso de la costa norte dominicana.
La rodean muchos atractivos. Al frente y a su izquierda, islotes y el caño que une el océano Atlántico con la laguna Gri-Gri; y a su derecha, enormes farallones que llevan hasta la cueva de Las Golondrinas y a la 'piscina natural'.
Es en Caletón donde generalmente termina el tour que lleva a los viajeros a recorrer la Costa Verde y Río San Juan (un recorrido que incluye visitas a la laguna Perucho, El Dudú, al balneario La Boca, al Monumento Natural Cabo Francés Viejo, a la playa El Bretón y a la laguna Gri-Gri).
Caletón, diferente a otras playas, parece un lago. Su franja de arena queda varios centímetros por encima del nivel del mar, lo que permite que las olas lleguen resignadas a la orilla y que se forme una especie de poza de agua salada que invita al baño.



25/11/12

La Cueva de las Golondrinas


Unos cinco kilómetros al este del casco urbano del municipio Río San Juan (al noroeste de la provincia María Trinidad Sánchez) hay una pequeña gruta llamada Cueva de las Golondrinas a la que se accede en bote desde el mar.
Visitar el hueco que se adentra unos pocos metros roca adentro es uno de los atractivos del Monumento Natural Laguna Gri-Gri, muy frecuentado por turistas locales y extranjeros. 

Los botes cargados de pasajeros zarpan desde la laguna Gri-Gri, realizan un recorrido de aproximadamente un kilómetro por el caño franqueado de tupidos gri-gríes y mangles que sirven de hogar a cientos de aves y cangrejos y salen al mar abierto frente a la Costa Verde.
Generalmente  giran a la izquierda para que los visitantes observen playitas desiertas y la desembocadura del río San Juan.  Luego regresan a la desembocadura del caño,  toman el lado derecho, bordean los cayos ubicados frente a playa Caletón, se paran un rato en un punto del Atlántico en el que se ven piedras y algas de muchos colores y siguen navegando hasta parar frente a la boca negra de la cueva de Las Golondrinas.
Allí se turnan para entrar y una vez en su interior permanecen flotando unos minutos, en un paseo corto pero sobrecogedor para los viajeros que consiste en mirar “embelesados” el fondo transparente lleno de piedras y el techo de rocas.
Ah, ese techo “rocoso”. Es probable que si visita la cueva nunca vea a las golondrinas, pero nunca olvidará ese techo. Parece como si las piedras hubieran sido pegadas artificialmente y estuvieran a punto de desprenderse, cosa que, por suerte, ocurrió hace mucho tiempo (el lecho marino, lleno de ellas, explica por sí solo el origen de la caverna).  

Las grietas entre las rocas son muy pronunciadas y por eso es el miedo, porque una espera que de un momento a otro estas se muevan, se deslicen, se caigan...  
“No piense en eso -dice el guía-, disfrute del viaje que eso nunca ha ocurrido”. 
 El marco de la entrada de la gruta dibujado en contraluz, la vista de los botes que esperan su turno para entrar, los altos farallones, los cayos verdes y las playas que esperan para cerrar con júbilo un viaje por la Costa Verde hacen que, efectivamente, salir de la cueva de las Golondrinas se haga, incluso, con cierta nostalgia.

¿Dónde tomar el tour?
 

Los guías y dueños de botes del Monumento Natural Laguna Gri-Gri están organizados. Son atentos y se encargan de que las visitas a todos los puntos turísticos ubicados alrededor del santuario transcurran con respeto al medio ambiente. Los encuentra en la laguna, al finalizar la calle Duarte, todos los días del año. 
Vista del océano desde la cueva.
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Nota: editado el 24 de noviembre de 2014

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17/9/10

Las cabezas de los indios y otros cuerpos

Al salir a mar abierto aparecen ellas y ellos coronando los farallones del ahora Monumento Natural Laguna Gri-Gri
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Intenten imaginarse la escena los que no la han visto. Luego de navegar por 10 o 15 minutos sobre aguas verdes y fondos claros, entre mangles y aves lindas, cobijados por la altura impresionante de los árboles que cuidan el brazo de agua que conecta la laguna Gri-Gri (Río San Juan, María Trinidad Sánchez) con el mar inmenso que es el océano Atlántico, al salir a mar abierto aparecen ellas y ellos coronando los farallones del ahora Monumento Natural Laguna Gri-Gri: decenas de cabezas blancas a tamaño natural (algunas con penachos de coral) que no dejan de provocar asombro en los ojos que se estrenan en su mirada.
―¡¿Qué es eso blanco que se ve allí arriba?! ―pregunta la Yalo, incrédula.
Son las cabezas de los indios ―responde el capitán del barco―. Las hizo un artista plástico de aquí de Río San Juan que se llama Persio Checo (defiéndete, Checo, si no es verdad).
Las cabezas salpican la orilla occidental del litoral, pero la mayor concentración se encuentra en un costado de Playa Caletón, muchísimas, formando, le pareció a la Yalo, un cementerio de cabezas de indios. Pero hay más que cabezas: en un costado se ve a una india que intenta deslizarse (o suicidarse) desde los farallones al mar, y en otro islote un indio que trepa por las piedras.
―Pero, señor, esas cosas asustan cuando se miran de repente, ¿no le parece? No le aportan nada al paisaje, al contrario, lo desfiguran, lo cargan, y con lo lindo que es no necesita de esas cabezas horrorosas. (Como arte, genial, venga, ¿pero ahí?).
La Yalo jura que el capitán se ofendió y por eso anotó su respuesta:
―A mí tampoco me gustan mucho, pero esas cabezas se pusieron allí para honrar la memoria de los indios.
― Pero ¿cómo permitieron Turismo y Medio Ambiente que se pusieran esas cosas allí? Esto es un área protegida― siguió enchinchando la Yalo.
Y el capitán respondió que las colocaron hace unos 6 u 8 años, antes de que la hicieran área protegida, en 2009. No encontró mucho coro la Yalo para seguir descricajando lo que vio, ni durante ni después del viaje. (No estás incluida, Avic).
La suerte le llegó un mes y medio después, cuando volvió a la zona acompañando a las autoridades de Medio Ambiente, pero ¡ja!, ni ellos coincidieron en las opiniones.
Ingenuamente, vaya ardid que funciona, le pregunté primero al capitán del barco qué opinaba y se fue en elogios, y luego al administrador del monumento natural, Domingo de León, que de quién había sido la idea de colocar cabezas de indios en los farallones, y él, muy amable, inteligente y conversador, dijo que esa obra maravillosa la había hecho el artista en cuestión y que mire qué lindas, que se hicieron en conmemoración de todos los indígenas del país, mártires y maltratados ellos.
A su lado iba Isabel Bonelly, encargada de Ecoturismo de Medio Ambiente, y a ella (¡viva, Yalo!), que no las había visto, sí que le parecieron fuera de tono y poco apropiadas para el paisaje. ¿Y saben lo que respondió don Domingo de León? Anoté la respuesta, por supuesto:
―¡Ahhhhh, que a ustedes no les haya gustado es otra cosa!
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P.D. Nada. A falta de consenso, juzguen ustedes, pues…