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19/4/19

Llenemos la ciudad de robles amarillos (2)

A Irene Rodríguez (@Airín1978)



En serio, de verdad.
Así se veían ayer los que crecen en el parque Cristo Libre de La Agustina, entre la avenida del Zoológico y la Tiradentes.
Si llenamos la ciudad de robles amarillos (Tabebuia aurea), haríamos un festival en su honor y le dedicaríamos pinturas, versos y canciones.
Cuando México hable de sus jacarandas, Venezuela y Panamá de sus guayacanes (Handroanthus chrysabthus), Honduras de su lindo cortés y Argentina de sus lapachos rosados, nosotros les mostraremos una foto del roble amarillo.
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P.D.: Seguimos amando los flamboyanes de todos los colores, que conste, pero todavía no hemos visto gusanos en los robles amarillos. Y el color, ese color radiante...








21/4/16

Los Tabebuia aurea se visten de amarillo


Poco a poco, para estas fechas, la ciudad comienza a llenarse del amarillo brillante de la Tabebuia aurea, un árbol ornamental originario de América del Sur que por su vistosidad, tamaño y adecuación al medio ha sido tomada en cuenta para el arbolado urbano. Pertenece a la familia de las Bignoniaceae y aquí le llaman roble amarillo. 
En “Árboles de Santo Domingo” (2010), Marianna Zsabó señala que es un árbol mediano (alcanza hasta 15 metros), caducifolio, que florece en primavera y tolera la sequía y el salitre. 
Sin embargo, apunta que debido a que su fuste es a menudo irregular “no es el mejor candidato para plantaciones en hilera” y que, según estudios realizados en Puerto Rico y Florida, no resiste bien a los huracanes. Sus raíces, además, son algo superficiales.
Al margen de las últimas observaciones, es un deleite contemplarlos por todos lados, alegrando con su floración el cada vez más ‘encementado’ paisaje citadino.


27/2/14

¿Y si llenamos la ciudad de robles amarillos?

Es un amarillo tan lindo que la ciudad se vería hermosa si su color engalanara muchos de sus parques, plazas, isletas y aceras.
El roble amarillo (Tabebuia aurea) es una especie introducida, ornamental, idónea para ser plantada en la ciudad: no crece tanto (alcanza entre 6 y 8 metros de altura, así que no interfiere con el cableado urbano), sus raíces no dañan las aceras y sus hojas, pequeñas y alargadas, no obstruyen el alcantarillado. 
Si llenamos con ella la ciudad, con el tiempo celebraríamos el Festival del Roble Amarillo. Para la primavera, cuando florecen, los citadinos caminaríamos bajo su follaje y les tomaríamos fotos embobados. En las provincias organizarían giras para verlos. Sus flores aparecerían en los folletos turísticos como un atractivo a tomar en cuenta y no habría un dominicano que no supiera, al dedillo, todos los detalles de su taxonomía.
Cuando los japoneses se refieran, orgullosos, a sus cerezos en flor, nosotros sonreiríamos disimuladamente y pensaremos en nuestras hileras y poblaciones de robles amarillos que recuerdan, con su fuste irregular, una alocada colmena de diminutos y radiantes soles.