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Acapulco sin gente


Jima Abajo, La Vega
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Si no ha ido, por lo menos ha escuchado que es uno de los balnearios más visitados de La Vega. De lo rico que saben las tilapias y el moro que sirven en las enramadas; de que las pozas que se forman a lo largo del río Jagüey no son tan bajitas como parecen, que lo que pasa es que el agua es tan transparente y limpia que confunden a cualquiera.
Y seguro también le han dicho del molote de gente que lo visita, al punto de que muchos se devuelven en la entrada.
Pero si va por estas fechas lo encontrará al mediodía así: quieto, sin bulla, verde por todos lados, perfecto para las almas solitarias que no soportan el ruido. Acapulco en calma es un regalo para los sentidos. 
El agua fría solo se siente al principio, después: ¡bienvenidos todo tipo de chapuzones! 


PARA IR. Desde Santo Domingo, tome la autopista Duarte y doble a la izquierda en el cruce de Los Algarrobos (a unos 12 kilómetros del centro de La Vega), donde se encuentran las famosas lechoneras. El camino vecinal que conduce a la falda de loma Miranda le llevará directo al balneario. El trayecto le tomará unos cinco minutos.

El amplio balneario cuenta con zonas verdes para picnic, pequeñas enramadas donde almorzar y parqueo. Aproveche la ocasión –porque de todas formas hay que pagar la entrada- y exíjale a los administradores que sean más cuidadosos con los residuos sólidos que se generan en el balneario. 





La Llovedora, en Loma Miranda



Es una ruta soñada para aquellos viajeros que no hacen alarde de una buena condición física, un sendero sombreado de apenas kilómetro y medio a lo largo del río Jagüey que termina frente a una pared asombrosamente negra de la que brota una lluvia permanente. 


Dejando atrás el popular balneario Acapulco, solo hay que seguir el curso de agua hacia arriba, a los pies de loma Miranda, para ir internándose poco a poco en el corazón de la montaña. Hay que atravesar cuatro o cinco veces el río con su lecho cargado de piedras de todos los tamaños y corriente cristalina para ubicar los senderos, pero no importa buscar aquí y allí si el guía es el veterano excursionista Manuel Peralta Ureña.


El suelo, una tupida alfombra de hojas o un camino de tierra, amortigua los pasos y hace más agradable la caminata. Solo una pequeña subida antes del destino final y ahí está.

Lluvia que brota de las piedras
Luego de media hora de ejercicio ecológico, se escucha el rumor de una cascada y tras la maleza aparece La Llovedora. 

Le caben muchas definiciones, pero la más justa es que parece la falda de una cascada cuya agua se desparrama sin sentido por la terraza de piedras acompañada de la música característica de un suave y constante aguacero. 
A simple vista, parecería que la lluvia brota de las piedras. Los hilos de agua parecen surgir de todos lados, de cualquier grieta, de lo alto, de los lados, de entre los árboles. 
El charco es cristalino y de pocos desniveles, haciendo del balneario un lugar perfecto para disfrutar en familia. Y para olvidarse, entre muchas otras cosas, del cada vez más nocivo estrés citadino.