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8/8/07

¿De viaje?

Una apropiada escultura en relive adorna las paredes de la empresa Caribe Tours, del lado de la Leopoldo Navarro. Muestra a una familia que corre ¿feliz? a tomar el autobús, aunque la guagua no se vea.
Ahora fíjense en la expresión de los rostros de los pequeños. ¿Les parece que van de viaje? ¡Nooooo! "A la guerra, más bien", diría Ronald Weasley. O al baño.
Los chicos lucen aterrados, sacados de una escena de la película "War of the world". Huyéndole a algo o a alguien. ¿Será que se imaginan el servicio, la cafetería y las "comodidades" de la empresa?

6/8/07

Y con ustedes… ¡El Royal Palace!


Sí, el mismo burdel de mala muerte de Carnaval de Sodoma, el libro del escritor dominicano Pedro Antonio Valdez, visto desde la calle, frente a frente a la catedral de La Vega. El edificio que ponía de puntas a los curas de la Inmaculada Concepción por las orgías y desenfrenos que allí ocurrían –según la mente de Valdez, “confesor de curas, santos y demonios"-, se yergue con su tono pastel desafiando el tiempo. Está ubicado en la esquina de las calles Don Antonio Guzmán y Padre Adolfo. La edificación mantiene el glamour de otras décadas, cuando era uno de los hoteles más visitados de la ciudad. Actualmente, la planta baja es ocupada por tiendas y oficinas. En la azotea se siguen realizando actividades culturales (¿?). Cuando una lo ve, afloran los episodios de la novela editada por Alfaguara en el 2002 y llevada al cine por el director Arturo Ripstein en el 2006. Imposible olvidar a la princesa de Jade, a los clientes del bar, al chinito dueño del hotel y su mujer y a Yara, la gata...

Pobre Máximo Gómez

También a él le robaron su espada. Se une en desventura a Gregorio Luperón y Neptuno, que igual fueron desarmados. Seguro que sus espadas y el tridente darán forma ahora a alguna cuerda de piano, una campana, un cable, un arete, cosas más importantes y útiles que el valor ornamental de una estatua.
Y decimos pobre porque ¿qué es de un héroe sin su espada, sin su horquilla, sin su lanza, sin su honda, sin su casco? Está bueno que pase. ¿Cobre y bronce a la intemperie? ¿Cero vigilancia en las plazas? Es mandando a los ladrones a robárselos, ¿no?
Cuando pase frente a la estatua, en la avenida Máximo Gómez con John F. Kennedy, fíjese que hay que ser muy observador para darse cuenta de que la mano del prócer de la Independencia Cubana debe sostener algo. Para los fines, podrían colocar flores…

3/8/07

El monte hermana


No hay dudas de que sí. Además de que hermana te quita la vergüenza. Cuando no tienes más remedio que encuerarte delante de tus compañeros de viaje porque no hay dónde meterse, no te queda más que considerarlos tus hermanos, primos o tíos. ¿Celulitis, estrías, cicatrices? ¡Qué importa cuando tienes que orinar o bañarte en medio de la nada! A menos, claro, que prefieras morir por retención de líquidos o por acumulación de sucio.

En el monte se pasa hambre, el cabello se crispa, las manos y los pies se ponen chuecos, la cara pierde lozanía (adopta tres y cuatro colores juntos), la ropa se ensucia y todo el tiempo una parece acabadita de levantar, o sea, algo parecido a la Bruja del 71. El monte no respeta clases. Las chicas privonas llevan las de perder, porque los guanajos, como no tienen nada que arreglarse, siempre lucen mejor que nosotras. Ahí te das cuenta si es cierto que ella o él te gusta. Ahí piensas que es cierto lo que dijo, una vez, Mark Twain: "La mejor forma de saber si amas u odias a alguien es hacer un viaje con él".

En la imagen: Una tarde muy fría en Compartición, en la cordillera Central, cuatro kilómetos antes de llegar al pico Duarte. (Foto: José García -Indiana-)

30/7/07

Cuando la ciudad se tiñe de rojo...



Todos esperamos algo cada año. Hay quienes se pasan los meses planificando un cumpleaños. Hay quienes se pasan la vida esperando a su media naranja (¡anímate, Manny!). Hay quienes esperan, ansiosos, un concierto, una boda, diciembre, Navidad, Año Nuevo, Semana Santa. Y hay quienes no esperan nada, porque no les gusta esperar. Pero yo digo que también esos esperan algo. Yo me paso todos los días de mi vida esperando que llegue abril y que la ciudad se llene de framboyanes. Abril no sé por qué. A lo mejor porque mi canción favorita es Acuérdate de abril, de Amaury Pérez (te amo, Perales, no vayas a llorar), o porque es el mes más evocador. Y los framboyanes, en los meses de junio, julio y agosto, porque el simple hecho de contemplarlos me llena de dicha. Cuando se acerca el verano, acecho las matas de la avenida San Martín, porque son las primeras en florecer, a veces a finales de mayo. Si tienen flores, me pongo contenta. Significa que pronto toda la ciudad se teñirá de rojo y habrá que voltear para ver cómo refrescan el ambiente. En esos casos, una desearía ser peatón. Sólo en esos casos; y detenerse a tomar fotos y recrear estampas, así como hacen los estadounidenses y los japoneses con sus cerezos en flor.

Los framboyanes más bonitos de la ciudad son los de la cabeza del puente Juan Bosch, algunos del parque Mirador y los de la avenida Las Américas (acepto quejas). Este año descubrí que los framboyanes del Sur son muy coloridos, con pétalos enormes y hojas verdes, y que los de La Vega ya se están poniendo viejos (¡a trabajar, Fausto!). Los he visto rojos, mamey y amarillos. Los amarillos son difíciles de encontrar, pero el más hermoso de todos está en San Pedro de Macorís, en una calle perpendicular al Malecón, varias cuadras antes de llegar a éste; cuando lo ves, te quedas pasmado. El de la foto está ubicado en Puerto Plata.