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12/4/11

Monumento Natural Cabo Francés Viejo

El parque nacional creado el 2 de mayo de 1974 es, desde 2009, el Monumento Natural Cabo Francés Viejo. Aunque pequeñito −mide apenas 1.5 kilómetros cuadrados−, es uno de los enclaves favoritos de fotógrafos y viajeros que encuentran en el lugar todos los paisajes del trópico: playas, acantilados, ensenadas, aves, flores, románticos caminos vecinales bordeados de flamboyanes y húmedos bosques.

Por Yaniris López

Ecoturismo en la Costa Verde
De cara al Atlántico, al norte de la provincia María Trinidad Sánchez, el promontorio de Cabrera constituye una de las principales regiones cársticas del país. Sus terrazas escalonadas, formadas por rocas calizas emergidas del fondo marino en la era terciaria, son de poca altura y de fácil exploración, pero un tanto peligrosas, debido a las rocas que se desprenden de los farallones y que, vistas desde lo alto, sobrecogen momentáneamente el corazón.

La playa El Bretón, el cabo Francés y las puntas costeras del promontorio, ubicadas al noroeste del centro del municipio de Cabrera, son los principales atractivos del Monumento Natural Cabo Francés Viejo. Todo junto conforma un destino que, por sus peculiares vistas panorámicas, bien merece anotarse en la ruta de todo viajero.
Miguel Gil, guardaparques del área protegida desde hace 10 años, es el encargado de contar a los visitantes el origen del nombre del cabo y de la playa. Francés fue un señor que vivió en la zona en el siglo XVII y francés era el barco que encalló en estas aguas en un año que Gil no recuerda. El nombre del barco, dicen, era Bretón, y por eso la playa y la comunidad adoptaron el mote.

Los faros y la playa
Una vez en la caseta de Medio Ambiente, se baja a la playa por un sendero de piedras; otro sendero, de tierra, comunica con los faros. Se supone que la entrada debe pagarse, pero qué va. Gil se conforma con lo que la gente pueda dar y con que mantengan limpio el lugar. Responde amablemente a las preguntas de los curiosos mientras señala los bosques de penda en flor, javillas, guásima y caoba recién sembradas que anteceden a la punta de los faros y a un mirador. Gil admite que sí, que el lugar estuvo mucho tiempo impresentable pero que las cosas han cambiado mucho.
Los tres faros, con todo y el abandono en que se encuentran, dan lucimiento al lugar. El primero, construido con hierro y granza, debe tener entre 100 y 150 años, explica Gil; el segundo, construido durante la era de Trujillo, anda por los 65. El tercero lo tumbó el salitre y en su lugar fue levantado otro de hierro, durante el gobierno de Hipólito Mejía, en cuya construcción participó Gil. Los faros no funcionan porque la fotocelda del único que alumbraba se dañó y nadie se atreve a subir a cambiarla. Y porque la Marina de Guerra tampoco le da mantenimiento, se queja Gil.
Y luego está la playa El Bretón. Dando por sentado que muchas veces la belleza de un paisaje es muy difícil de describir, nos quedamos con sus colores y los chorros de agua de un río subterráneo que desemboca en una de las terrazas que le sirven de límite.

Cómo llegar
Tomando la carretera Nagua-Cabrera-Río San Juan, Cabo Francés Viejo se encuentra a unos 3 kilómetros después del centro de Cabrera, en la comunidad El Bretón. Aunque conocer todo el parque se toma unas horas, el Ministerio de Medio Ambiente permite acampar en los alrededores de la caseta para visitantes. Detrás de la caseta hay una cueva poco explorada por donde pasa un arroyo de agua dulce y en la que, dijo Gil, abundan las culebras. Si desea visitar el monumento natural con un grupo organizado, la agencia ecoturística Explora Dominicana programa viajes regulares a la zona como parte de su excursión “Explora la Costa Verde”.

26/6/10

Babunuco, mucho más que un bar-restaurante


(c) Yaniris López

Cabrera, María Trinidad Sánchez.- Juan Alberto estaba destinado a la cocina y al campo. Por más saltos que dio, no pudo escapar de sus orígenes. Nació en el municipio de Cabrera, provincia María Trinidad Sánchez y, siendo un mozo, allá por el año 1988, estudió cocina en la Escuela Hotelera de Puerto Plata.
Luego se fue a la Capital y estudió contabilidad en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). A punto de terminar la tesis la dejó, se fue a trabajar a Santiago y después volvió a Cabrera.
“Yo no soporto mucho la ciudad -dice Juan Alberto como disculpándose-. Soy un campesino por naturaleza”. Pero se trata de una confesión que muchos, especialmente los que han probado su sazón, le agradecen.
En el 2003 Juan Alberto decide abrir un bar en un rancho ubicado en la carretera de El Saltadero, a un costado del camino estrecho y tupido que lleva a la famosa y visitada cascada del municipio de Cabrera. De vez en cuando le cocinaba a los invitados que pedían comer “algo más”, hasta que decidió agregarle al lugar, que se llama Babunuco, el apelativo de bar-restaurante. Y ahí está: lo conforman dos enramadas que sirven de comedores, una antesala y cocina que parecen un museo, una pequeña fábrica de cigarros y un patio verde y acogedor.

Campesino y gurmé
La especialidad de la casa son tres: mariscos, pastas y carnes. Todo fresco, señala Juan Alberto, porque la costa está cerquita y pueden darse el gusto de comer pescado de temporada (lambí, dorado, chillo). También prefiere utilizar ingredientes naturales y complacer los gustos de los clientes.
“Normalmente tengo un menú, pero es personal, trabajo con lo que tengo a mano, voy utilizando lo que más haya en el momento; como no puedo mantener un menú fijo trato de trabajar con lo más fresco”.
No es necesario que dé muchos detalles. Lo que sea que Juan Alberto le eche a las habichuelas, a las carnes o a las ensaladas, que le dan un sabor único, exquisito, es agradecido por los comensales. Debe ser que todo lo hace con pasión, humor y una energía que contagia a los que prueban su comida, pues siempre está contento, contando anécdotas y haciendo reír a los visitantes.

Mucho más que comida
Abierto de 12:00 del mediodía hasta las 12:00 de la medianoche(cerrado los martes), Babunuco (en honor al trapo enrollado que usan las mujeres de los campos en la cabeza para llevar cargas pesadas), es mucho más que un restaurante.
El lugar está lleno de utensilios viejos y huesos de animales.
“Son cosas viejas. Hay muchas cosas que perdemos a medida que nos modernizamos y he querido rescatarlas para el que no las conozca”, explica Juan Alberto. La colección incluye pilones, jaguaderas (aguaderas), andullos, calabazos, villoneras, placas, teléfonos, discos LP y una variedad de objetos que él llama del pasado reciente. De todos, llama mucho la atención los huesos de ballena y tiburón que adornan los pasillos. “Las ballenas pasan muy cerca y cuando algunas mueren los pescadores recogen los huesos, los adquirimos para tener de qué hablar con la gente”, sonríe Juan Alberto.

Y una pequeña fábrica de cigarros
Para entretenerse, y porque también es una de sus grandes pasiones, Juan Alberto fabrica cigarros. Son “hechos a mano para pedir”, es decir, mandados a hacer, de ediciones limitadas, porque el chef no los acumula. Puede hacer la cantidad que le pidan, en ocho variedades, pero no los guarda. “Es que todo aquí es fresco”, recuerda.
Tan frescos son también los cigarros que lo entregan en la puerta del solicitante en una caja original de madera de cedro, para que no pierdan la frescura y asegurar, de esta forma, una buena quemada y el máximo sabor.