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Mostrando entradas con la etiqueta Calle El Conde. Mostrar todas las entradas
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29/5/26

Daniel se nos está haciendo viejito...

Qué nostalgia verlo así, algo encorvado y triste.
¿Conocen su historia? Fue publicada en Listín Diario el domingo 20 de abril de 2008. 
Acá está: https://leervivir.blogspot.com/2009/12/daniel-el-librero-de-el-conde.html


23/11/10

Una estampa bonita de la ciudad

En la Plaza de las Flores, un colorido rincón de Santo Domingo entre la 16 de Agosto y la Palo Hincado, trabaja Miguelina. Vendedora de flores desde los 13 años, ha criado a sus cuatro hijos con este oficio

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Miguelina Melenciano Serrano vende flores desde los 13 años. Primero lo hacía en la calle El Conde, cuando todavía no era peatonal, luego en Las Mercedes esquina Palo Hincado y ahora, desde hace dos años, en la Plaza de las Flores.
Ubicada frente al parque Independencia, entre la 16 de agosto y la palo Hincado, a un costado del Fuerte de la Concepción, este corto bulevar de unos pocos metros enlaza la avenida Mella con la Bolívar.
Ya con 41, Miguelina se siente orgullosa de ser florista. ¿Su especialidad? Las rosas. Conoce el significado de los colores y las formas y aconseja regalar estas o aquellas según la ocasión.
Los peatones que pasan por allí le dicen que es una artista, le preguntan cuánto cuestan los arreglos y ella, como buena vendedora, les responde que depende, que algunos más, otros menos, entre 500 y 600 (una ganga considerando lo bien hechos que se ven y lo caro que están en las grandes floristerías).
¿Y si no tengo tanto?, preguntan algunos. “Yo te lo acomodo”, responde Miguelina.

Si los clientes se muestran entre interesados y dudosos, Miguelina les pide el teléfono, les dice que sigan paseando y que si quieren ella les reserva el arreglo para cuando vuelvan. Y la gente acepta, porque Miguelina tiene algo que convence, un embrujo que parece haber tomado de las flores, de tanto bregar con ellas.

Con este negocio ha criado a sus hijos

¿Una foto, ay, así tan fea como estoy? Bueno, pero sonriendo no, porque estoy mala de la gripe y tengo los ojos brotaos”. Miguelina posa cortando y arreglando las rosas sin dejar de hablar y sonreír. Vive en Haina y vender flores es lo único que ha hecho en toda su vida.
Con este trabajo ha criado a sus cuatro hijos, cuenta mientras sale de entre las flores, toma una rosa y la acomoda entre dos hileras de follaje verde.

¿Soltera, Miguelina? “Sí, no quiero hombre en mi camino, así estoy mejor, tengo cuatro bellos hijos (una hembra y tres varones) que no me dan tormento”. Mira el arreglito, le agrega dos flores, una blanca y otra amarilla, y más follaje.

A Miguelina, que suele dejar el bulevar a las 8:00 de la noche, le gustan las rosas blancas y rosadas, los lirios y los gladiolos. Amarra el ramito, lo mira y se lo pasa a esta curiosa que hoy ha querido elogiar su trabajo. Un trabajo honesto, hermoso y delicado que convierte la Plaza de las Flores en una de las estampas más bonitas de la ciudad.

13/11/09

Un hombre y un café...

La entrada a las caballerizas de un antiguo palacio en el número 253 de la calle El Conde, en el corazón de la Zona Colonial, ha sido desde 1929 refugio de bohemios, artistas plásticos, hombres de letras y futuros personajes importantes de la sociedad dominicana. Es el local de La Cafetera, el café más antiguo de la ciudad, el mismo lugar al que llega todos los días don Roque Félix a disfrutar de aromas y sabores que no cambian, eso asegura, con el paso de los años. Y créalo si él lo dice: hace ya 57 años que no falta a esta cita diaria.

Yaniris López
Para Tuaventura.org

La Cafetera tiene apariencia de un largo callejón. En su parte delantera, en forma de bar, no caben dos coches colocados horizontalmente. En el año 1929, la familia Paliza convirtió el pequeño local en el café más visitado de La Zona, como también le llaman a la Ciudad Colonial de Santo Domingo. Otra familia, la Franco, lo administra desde 1949.
Dicen que el edificio donde está empotrado el café formaba parte de un palacio colonial y que en sus altos vivió un cuñado del mismísimo Napoléon Bonaparte.
Además de café recién molido, jugos y emparedados, en La Cafetera se venden libros, bebidas alcohólicas, tarjetas telefónicas y alguno que otro cuadro que de vez en cuando lleva un pintor amigo “para que lo ayuden”. Es, también, centro informal de tertulias sobre temas de actualidad, política y literatura.
Aquí llegó en 1950 un joven procedente de La Romana, al este del país, que se dedicó a la fabricación de ropa. Tanto le gustó el lugar a Roque Félix que hoy, a sus 80 y tantos (se niega a dar el último dígito), no ha dejado de visitarlo todos los días. Eso, todos los días. Llueva, truene o ventee. Ni enfermo, ni en días de huelga, ni en tiempos de guerra. Si La Cafetera abre, como cada día a las 7:30 de la mañana, puede contar con su presencia dos veces al día: mañana y tarde. Ha sido así por 57 años.

Don Roque
Risueño, conversador, saludable pese a la edad y fumador, don Roque es una biblioteca andante que guarda en su memoria, hasta ahora infalible, cada detalle de la historia reciente dominicana. Su mayor orgullo es haber visto pasar por La Cafetera a muchos personajes cuya sola mención llenaría de envidia a políticos, escritores y artistas.
“Todos venían”, responde a los tertulianos que se dan cita en La Cafetera sólo para oírlo hablar. A cada pregunta don Roque se acerca la mano a la oreja para que le repitan “la idea”. Achaques de la edad. Luego le toma a una el antebrazo y habla, habla, habla... De cuando el café costaba cinco cheles. De cuando el agua se bebía de la pluma y gratis porque no existía eso de botellitas ni se vendía. De cuando llegaron muchos españoles huyéndole a la Guerra Civil. De cuando los hermanos y un cuñado del dictador Leónidas Trujillo pasaban por allá a beber café. De cuando murió el dictador en 1961...
Cuenta que en La Cafetera se sufrió el triste desenlace de uno de sus clientes ilustres, el escritor español Jesús Galíndez; y explica con detalles, para deleite del interlocutor, por qué Galíndez le caía mal a Trujillo y las posibles causas de su desaparición.

Una excelente “hoja de servicios”
Entre café y café, don Roque le hizo diez “chacabanas” (camisas) a Fulgencio Batista, “cuando salió corriendo de Cuba y se refugió aquí”, en 1959. Colaboró para Óscar de la Renta, “con su marca, claro. Óscar tenía una tienda en la calle Pasteur a principio de los años 70 pero no prosperó. Se le adelantó al tiempo. No había auge. Ahora sí le está yendo bien”.
Conoció a Jacques Chirac antes de ser presidente de Francia y al coronel cubano Eleuterio Pedraza. Tomó café con los ex presidentes Juan Bosch y Jacobo Majluta y conoció muchos otros personajes que hoy figuran, por diferentes motivos, en las enciclopedias dominicanas.
Don Roque es el fundador de los famosos partidos de ajedrez de la peatonal calle El Conde. En cualquier banco, frente a las tiendas de ropa, en los restaurantes, no es extraño toparse con dos concentrados jugadores frente a un destartalado juego de ajedrez. ¿Quiere ver el juego, retar, esperar y jugar? Puede hacerlo, se aceptan curiosos y desconocidos.
Para dar por acabada la tertulia, dice don Roque -casado y con 5 hijos- que no le pregunten si algún día dejará de ir a La Cafetera, que puede no ser la más elegante del área, “pero sí donde hacen los mejores sandwichs”.
“No, qué va”, responde si alguien insiste. Son 57 años de tomar el mejor café de La Zona, el que ya ni le cobran; de sentarse con sus eternos breteles en la barra del estrecho y oscuro bar, donde le tratan “mejor que en casa y las mujeres lo enamoran”, a rememorar mejores y peores tiempos.
No, qué va. “Qué pregunta tan tonta”, pensará don Roque...

P.D. Un hombre y un café... se publicó en marzo de 2007, por lo que ya suman 59 y pico los años que lleva don Roque visitando La Cafetera