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21/11/18

La Llovedora, en Loma Miranda



Es una ruta soñada para aquellos viajeros que no hacen alarde de una buena condición física, un sendero sombreado de apenas kilómetro y medio a lo largo del río Jagüey que termina frente a una pared asombrosamente negra de la que brota una lluvia permanente. 


Dejando atrás el popular balneario Acapulco, solo hay que seguir el curso de agua hacia arriba, a los pies de loma Miranda, para ir internándose poco a poco en el corazón de la montaña. Hay que atravesar cuatro o cinco veces el río con su lecho cargado de piedras de todos los tamaños y corriente cristalina para ubicar los senderos, pero no importa buscar aquí y allí si el guía es el veterano excursionista Manuel Peralta Ureña.


El suelo, una tupida alfombra de hojas o un camino de tierra, amortigua los pasos y hace más agradable la caminata. Solo una pequeña subida antes del destino final y ahí está. Lluvia que brota de las piedras Luego de media hora de ejercicio ecológico, se escucha el rumor de una cascada y tras la maleza aparece La Llovedora. 

Le caben muchas definiciones, pero la más justa es que parece la falda de una cascada cuya agua se desparrama sin sentido por la terraza de piedras acompañada de la música característica de un suave y constante aguacero. 
A simple vista, parecería que la lluvia brota de las piedras. Los hilos de agua parecen surgir de todos lados, de cualquier grieta, de lo alto, de los lados, de entre los árboles. 
El charco es cristalino y de pocos desniveles, haciendo del balneario un lugar perfecto para disfrutar en familia. Y para olvidarse, entre muchas otras cosas, del cada vez más nocivo estrés citadino.





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