Te aproximas a ella por cualquier entrada y lo primero que te advierte de su presencia son las huellas de sus pequeñas patas sobre la arena amarilla, huellas perfectas que llenan todo el espacio, especialmente los alrededores del río Cosón, que parece atraerlos de manera singular. Puedes contar más de 10 en horas de la mañana, cuando el sol comienza a calentar.
Pasean como turistas y luego se paran a descansar (o a tomar el sol) a orillas de las cristalinas aguas del río que desemboca en esta playa del norte de Samaná.
A una se le antoja que no sólo usan el río para beber, sino como espejo, un espejo de agua que les confirma que ellos –y no solo los turistas humanos- también forman parte del paisaje.

