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7/10/10

En la gallera...

No sabía que había que pagar para ver las peleas

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No tenía idea de que el ambiente de las galleras fuera tan intenso. Es cierto todo lo que dicen: la bulla, el ¡voy al pinto!, ¡voy al negro!, ¡voy al rojo!, el dinero (miles y miles de pesos) rodando entre las manos de los apostadores, tipos que gritan como si estuvieran al tris de caerse a trompadas y nada, que así es que hablan; el calor, el olor a sudor, a cerveza, a carne frita y a empanadas y la confirmación del dicho ese que dice que la palabra del hombre sólo es válida y sincera en una gallera.

De lo que casi nadie habla es del silencio que se hace cuando los gallos que pelean -de tantos picotazos y espuelazos que dieron y recibieron- se tambalean por el “ring” como borrachos, se marean, caen y dejan de moverse por largos segundos. Y la algarabía que truena otra vez cuando uno de ellos se mueve, le cuentan los minutos reglamentarios al que sigue tirao y proclaman un ganador.
Tampoco sabía que había que pagar para ver las peleas, y que debes conservar el ticket si sales y vuelves a entrar, y que hay todo un protocolo de pesaje y exhibición de los gallos que puede provocar risa en los no seguidores de este “deporte”.

La mayor sorpresa que me llevé fue ver a los dueños y cuidadores de gallos tratar a estos animales como príncipes antes de la pelea, y luego rociarles, untarles y darles a tragar medicinas lo más rápido que pueden si, después de todos los golpes que recibieron, quedaron vivos. Hasta los lloran, algunos. En serio. Entonces me pregunto qué gracia tiene tratarlos como reyes, cuidarlos y mimarlos para luego incitarlos a la muerte. En todo caso no sabría distinguir qué es más cruel: lo que hacen en España con los toros o lo que hacemos aquí con los gallos…