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1/7/15

Mabí champagne, orgullo seibano


Yaniris López
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Si recorre 135 kilómetros desde Santo Domingo hasta Santa Cruz de El Seibo solo para conocer el secreto de la bebida que ha hecho famosa a esta ciudad del este dominicano, no tendrá éxito. Don Ovidio Otto Morales, custodio de la fórmula del mabí champagne seibano y descendiente de Tomás María Otto Duvergé (pionero en la producción del refresco en 1883), no lo revela.
Con cara bonachona recibe a los visitantes que se acercan a la casona ubicada en la calle Duvergé a saborear el refrescante líquido claro hecho a base de azúcar, agua y Bejuco de Indio fermentado. Allí continúa don Ovidio una larga tradición familiar que se acerca a los 133 años.
Los viajeros se van en elogios hacia la fría y dulce bebida que se servía caliente hasta 1912, luego de que don Tomás instalara la primera fábrica de hielo en la ciudad y en la región.
Entre trago y trago preguntan cómo lo hacen, cómo logran esa textura tan suave, ese color; cómo es el proceso de producción. Se hace con agua, azúcar y Bejuco de Indio. Esa es toda la información que obtienen de don Ovidio y de los dos dependientes.
Según las malas lenguas, es para evitar que gente de fuera copie y reproduzca la centenaria fórmula. 


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Cuando las preguntas arrecian, en el local sacan dos hojas de papel grapadas y las entregan a los clientes.
El documento trae una breve semblanza del “ilustre ciudadano Tomás María Otto Duvergé”, hijo distinguido de la ciudad. Registra el texto que Tomás nació en 1883 en Santa Cruz de El Seibo. Que su padre era de ascendencia holandesa y su madre de la provincia (sobrina del militar y prócer de la Independencia Antonio Duvergé).
Que don Tomás llevó a El Seibo el primer circo de diversiones, el primer vehículo de motor, la primera agencia de bicicletas, el primer receptor de radio, la primera vellonera y la imprenta donde se imprimió La Voz del Este. También estableció el primer restaurante (Café Ideal) y el primer teatro de la ciudad (Quisqueya).
“Por sus amplios conocimientos en electricidad y mecánica, trajo y operó durante casi toda su vida el alumbrado eléctrico de la ciudad de El Seibo, la fábrica de hielo y la producción del rico y exquisito mabí, que descubrieran sus antepasados; y además instaló una factoría para el procesamiento del arroz”.
Falleció en mayo de 1948.
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Está tan rico el mabí que el cliente pasa por alto la brevísima alusión que sobre él contiene el documento. “¿Y dónde consiguen el Bejuco de Indio, don Ovidio?, porque no negará que se trata de una planta exótica”, siguen las preguntas. Y a esto sí respondió Ovidio, diciendo que, para garantizar la materia prima del mabí, ‘cosechan’ la planta en una finquita de la familia.
 El cliente -que sabe que la colorida casona es un punto obligado en una visita a El Seibo- sucumbe ante la seguidilla que produce el mabí. Y don Ovidio lo premia con el precio. El visitante acepta pagar con cierta aprensión, asombrado de poder disfrutar a tan bajo costo de este atractivo de la ciudad.

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