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Gulo

"Gulo sólo piensa en comer", dice su madrastra, Yolanda. Por eso le dicen Gulo. ¿Ven la cara triste que tiene? No está guapo. Bueno, sí, pero no es lo que piensan. Sólo está en su estado permanente de querer comer. Por lo demás, le gusta jugar descalzo y encuero frente a su casita en Las Malvinas. "Si le dices toma, Gulo, se levantará enseguida", sigue la madrastra. A Yalo le pasó por la mente que, con cuatro años, Gulo debía ser más grande. Y le pareció, también, que necesitaba con urgencia un desparasitante. Ayer, para ver si era verdad lo que su madrastra decía -y porque Gulo no quería hablarle-, Yalo compartió con él su almuerzo de ese día y ¡era verdad! La cara de Gulo se transformó y hasta sonrió. Se comió con un gusto envidiable y con todo y huesos su pedazo de pechuga y le llevó a Yolanda el locrio vacío y la ensalada rusa. Dios, pensó la Yalo, cómo le gustaría, algún día, comerse así los vegetales. Como ya eran amiguitos, la madrastra le contó a Yalo que a Gulo le gusta tanto comer que varias veces lo sorprendió comiendo yerba en su antigua casa, en Baní. Yolanda como que medio notó que Yalo no le creía y señaló una matita de la empalizá.
- Ah, mira, ¿ves esa mata, ves como nada más tiene dos o tres cojollitos? El se los come, no la deja crecer, cuando tan saliendo se los come toditos.
Como Yalo no podía permitir que insultaran a un amiguito suyo así, le dijo a Yolanda
- Es que la mata es de manzana de oro, ¿ves? Todos los que hemos crecido cerca de una mata de manzana de oro nos comíamos las hojas, porque saben a la misma manzana.
Ella no se lo creyó, pensó la Yalo. Pero era verdad…