Por personas como Fiona es que una piensa que, quien sea que haya creado el mundo, hizo al final algo lindo. Como cada domingo (la foto fue tomada en 2010), Fiona dedica la mañana a vender frituras en el mercadito ‘binacional’ de Río Limpio, en una de las calles principales del distrito municipal ubicado al norte de la provincia Elías Piña.
Entre las cosas que vende veo algo larguito y amarillo. Parece hecho con yuca. No, con harina de maíz. Ya, que para no quedarme con dudas me acerco y le pregunto qué es. “Es chulito”, dice Fiona (su nombre, el de ella, me lo dijo después). Me dice que están hechos con yuca, así que deben saber bien. Le digo que me dé uno (más por ayudarla que por hambre). Por el tamaño de los chulitos, algo grandes, deben costar entre cinco o diez pesos. Y comienzo a buscar el dinero en el macuto.
“Qué va a hacer –dice Fiona–. No, no, tenga”. Y me pasa dos chulitos. No me deja pagarle. Pensando en que la pobre se quedará sin los poquitos pesos de la venta vuelvo y le digo que me cobre. Pero ella sonríe y me dice meneando las manos que no, que es un obsequio de ella para mí. Ay, vuelvo y pienso, se quedará Fiona sin su dinerito. Entonces le digo que está bien, pero que me diga a cómo son para decirles a los otros chicos que compren.
“A dos pesos”, responde.
Y ahí si fue verdad que me dolió en el alma que no me haya cobrado. Porque, ¿cuántos chulitos tendrá que vender Fiona para conseguir, solamente, lo que seguro cuesta una libra de yuca?