
En los campos dominicanos, un árbol o un tronco viejo sustituyen los estantes y repisas de uso casi obligatorio en las casas citadinas. También sustituyen bancos y muebles. De esos, de los muchos árboles multiusos que he visto, uno de los que más me ha sorprendido es el que sirve de espaldar y patas a la mutilada silla de
Néstor, el señor que vende frutas en el Cruce de Ocoa desde hace más de 15 años. En la ciudad, a la pobre silla la hubieran tirado a la basura. En el negocio de Néstor, gracias al tronco seco de lo que parece un samán, los restos del plástico adheridos al tronco con una tabla le sirven de reposo a sus sentaderas, mientras él espera, con los ojos cegados por el sol, a los clientes que entran o salen de la verde – y a veces olvidada- San José de Ocoa.