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22/1/12

El poder curativo de una foto

Qué dolor sentía ese niño.

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El pequeño lloraba. Al parecer casi se desangra llorando. No podía creer que su mamá prefiriera hacerle caso a un grupo de curiosos que, cámaras en mano, pasaban frente a su casa, en lugar de atenderlo a él. Ay, ay. Nadie le hacía caso. Cuando vio que sus dos hermanitas, su otro hermanito y su mami embarazada de otro hermanito se preparaban para posar para las cámaras de los entrometidos, no aguantó más. Se revolcó por la tierra, lloró, gritó, pataleó. Y ni así le hicieron caso.
Entonces la Yalo, esa vez no tan indeseable, se le acercó y le dijo (aunque quizá no la entendiera, porque la familia habla creole): “No te preocupes, corazón, ven a tomarte la foto a ti, que tu mami no se lo merece”. Y, como por arte de magia, el bebo se calmó y posó para la Yalo. Sin embargo, meses después, ahora que analizo bien la foto; que veo, veo y vuelvo a ver su carita; que me fijo y me vuelvo a fijar en sus hermosos ojos, ¡me doy cuenta que el condenaíto no soltó ni una sola lagrimita!
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PD. Se te olvidó, Yalo, que los niños son expertos en el arte de la manipulación.