Y, no tengo que decirles, ¿verdad? La Yalo pensó depordio, tan chiquitos, ¿qué le puede desear un hermanito a otro? El mundo se está acabando, ¿que tropiece y se caiga? Nopueser.
– Ojalá, ojalá –dijo el niño–… ¡Ojalá que te persiga una gallina!
Por poco y me exploto de la risa delante de ellos. Pero del armario viejo de la memoria llegó una imagen que me devolvió la seriedad. Una vez me ocurrió. Una vez me persiguió una gallina, sin motivos, sin haberle hecho nada, y me hizo darle la vuelta entera a la casa, corriendo asustada, huyéndole a esa cosa tan chiquita, tan aparentemente inofensiva. No, no es ningún deseo bobo e inocente el que alguien quiera que te persiga una gallina. El niño sabía lo que decía…