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25/1/08

Cesarín

Sus ojitos se cerraban cada vez que su boca dejaba escapar un bostezo pequeñito. Tan pequeñito como su edad, uno y medio, tal vez. Tan pequeñito como su carita, redonda y soñolienta. Pero largo, un bostezo bien largo. No es que sea tan temprano: las nueve y pico de la mañana. Es que su mami vende collares y caracolas en la playa de Punta Rucia, frente al Atlántico puertoplateño, y aprovecha que a esa hora parten los turistas a Cayo Arena para ver si le compran algo. Y él tiene que acompañarla. ¿Por qué? Dios sabrá. Sentado en la fría arena entre dos mesas -está nublado y él muy cerca del mar- sus deditos encuentran consuelo en la arena pero no logra controlar los bostezos.
Sólo una cosa hace que Cesarín se levante del suelo muy rápido, sonría a carcajadas, se baje un poco, coloque sus manos sobre las rodillas, levante la cabeza y suba los brazos hasta el cielo: posar para el lente de Yalo.

PD: Lamentablemente, su mami dijo más tarde que se pone así con sólo ver una cámara.

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